Tres

Julio sabía de mis encuentros con Selma desde la prepa y la universidad. Supongo que ya se lo imaginaba, pero el día en que se lo conté sonrió sin juzgarme, y me hizo, por primera vez visualizarme por mucho tiempo con un hombre. Con el tiempo le platiqué de Selma, de Gabriel, de Lulú; incluso llegué a contarle del chico andrógino al que iba a cazar a inauguraciones en museos y galerías mientras viví en la Ciudad de México.

Una vez que fuimos, hace unos dos años, Julio tenía una serie de reuniones de su trabajo. Nos hospedamos en un hotel viejito, económico pero muy bonito. Él tenía que estar a las 7:30 de la mañana, y yo lo esperaría para ir a desayunar a un restaurancillo en el centro que nos gusta mucho.

Antes de que el reloj sonara, me despertó para preguntarme si había sido en ese hotel donde había tenido sexo con el chico andrógino.

—No —le dije—. Todo lo que ocurrió con él fue en el baño de un museo o galería. Yo estaba en la escuela, en ese tiempo uno no tenía como pagar un hotel y no me habría atrevido a meter un hombre en el departamento.

—Pero habría pagado él, no tú; y se supone que era un niño rico, ¿no?

—Él no habría pagado, ni me hubiera llevado a ningún lado. Ni siquiera me agarró las nalgas, él era una señorita. ¿Estás celoso?

Julio negó con la cabeza y se metió a bañar. Le creí, nunca había sido algo que le hiciera ruido en la cabeza.

Me quedé un momento en la cama, recordando a Luis Eduardo y la sensación de sus manos oprimiendo mis senos, era una imagen estimulante. Pero enseguida me levanté para auxiliar a Julio, no fuera a ser que llegara tarde a la junta.

Abrí la maleta, saqué sus zapatos y calcetines y los acomodé juntitos de su lado de la cama. La camisa y el pantalón ya estaban en el clóset, fui por ellos temiendo que Julio hubiera colgado el pantalón en un gancho, y así fue justamente como lo encontré, ya con una marca ligera del gancho. Empecé a buscar una plancha, pero Julio me hablaba desde el baño.

Entré, estaba lleno de vapor. Agitando mi mano le pregunté qué había pasado.

—¿Cómo ibas vestida la tarde que me contaste del museo?

—¿Cuál tarde del museo? —le pregunté.

—Cuando conociste al muchachito andrógino.

—No me acuerdo —le dije. Se me hace que traía un pantalón.

—¿Y te lo quitó?

—No.

—¿Entonces cómo le hizo para cogerte?

—¡Qué guarro eres! Eso no pasó. Báñate que ya es tarde, voy a tener que planchar tu pantalón otra vez.

—¿Qué pasó, entonces?

—Ya te platiqué, Julio. Se te va a hacer tarde.

—Es que me desperté pensando eso, no sé porqué. Quizá porque estamos en la misma ciudad.

Entré al baño, me senté sobre la tapa de la taza y ahí accedí a hacer mi confesión.

—A mí me excitó él, desde que lo vi. Yo fui la caliente. Él me coqueteaba y se escondía como jovencita virginal de libro de Jane Austen. Me puse prácticamente a buscarlo, lo volví a encontrar y estaba mirando a una chava muy bonita; pero la veía muy exageradamente, como tratando de encelarme. Y de repente me clavaba los ojos con una mirada de… no sé de qué… era raro.

—¿Y te encelaba?

—Un poco.

—¿Y qué pasó?

—Pues que no pude más y fui por él. Me lo llevé al baño, casi arrastrando y empecé a besarlo, a tocarlo y entonces me di cuenta de su erección.

—¿Cómo tenía la verga?

—Pequeña, chiquitita. Y se la saqué. La verdad, Julio, la tenía muy bonita.

—¿Se la chupaste?

—¡Julio, qué te importa!

—¿Se la chupaste?

—Claro que sí, era lo que quería hacerle. Le hice una puñeta con dos dedos y con mi lengua.

Detrás del acrílico opaco con figuras de gotitas podía ver la mancha de Julio moviéndose, se estaba masturbando bajo la regadera y mi relato era el combustible de su erección.

Una vez mi madre hizo un alboroto de gritos y golpes porque halló a mi papá tocándose en el baño. Si existe una imagen que me choca en la cabeza es la de mi padre, con los calzones en los tobillos, jadeando y con el pito parado en la palma de su mano velluda; yo nunca lo vi pero la cabrona de mi mamá se encargó de describirlo, tratando de avergonzarlo. Y lo logró.

Detesto la imagen, pero no porque pudiera yo juzgarlo; no cuando era ésa justamente mi vida íntima: yo, escondida en el baño dándome tijeretazos en el vello púbico para poder husmearme con el espejo del rubor de mi madre. Yo, colmando las necesidades de mi edad con calabacitas robadas de la cocina y con encuentros sexuales atípicos, pecaminosos, pero liberadores.

Me acerqué y seguí dándole detalles, del pantalón de mujer de Luis Eduardo, sus pantaletas de encaje que le oprimían el falo y lo hacían irresistible; luego la imagen del pene pálido, minúsculo pero firme, la sensación de tenerlo en mi mano, en mi boca, el líquido seminal escurriéndome en los labios. Su mamá tocando a la puerta y el chico eyaculando, extasiado de provocarla y yo feliz, prestándome para castigar a la madre, a la suya y a la mía por extensión.

Julio sabe que lo estoy viendo, me mira por la rendija del cancel pero sigue en lo suyo. Cuando éramos novios solía pedirle que se hiciera una paja para mí, luego él también empezó a pedirmelo a mí; y le cumplí siempre, en el terreno que fuera, a cualquier hora, con quien estuviera.

—Ali, me gustaría verte haciéndole una mamada a alguien.

Lo escuché, pero no supe qué responder, nunca habíamos explorado ese terreno. Me metí a la regadera con todo y piyama y calcetas, tratando de cambiarle el tema. Me hinqué en el piso con el chorro de agua caliente cayéndome en la cara. Le arrebaté la polla de la mano y metí la cabeza en mi boca. Con la lengua le empecé a sobar el glande de manera circular, mientras la piel de su pene subía y bajaba contrayéndose al mando de mi mano.

Al poco le arranqué un gemido, Julio eyaculó con fuerza y me dio en el paladar. Se la seguí jalando hasta que me detuvo porque ya no podía continuar.

Me levanté, me saqué la ropa que me pesaba de tanta agua, la dejé caer en mis pies y lo abracé. Volví a tomarlo del pene, abrí un poco mis piernas y entre ellas y mi vulva lo atrapé. Julio me abrazó, estrujo un poco mis senos, jalandolos hacia afuera, me besó en los pezones, liberó su miembro retrocediendo un pasito y se salió de la regadera.

—Báñate, amor. Tócate ahora tú. Al rato vengo.

—¿Estás bien?

—Sí, Ali —respondió sin mirarme, buscando una toalla—. Tengo ganas de verte cogiendo con alguien. ¿Está mal?

—¿Con quién? —pregunté, rascándome el paladar con la lengua, tratando de limpiarme la sensación que me había dejado su esperma.

—No sé. Ya me voy. Luego hablamos —me dijo.

—¿Con quién, Julio? ¡Ahora me dices con quién!

—Luego te digo —remató y se fue del baño con la toalla en la mano y sin haberse secado.

Me agaché a recoger mi ropa del piso que empezaba a tapar el resumidero, no sabía si bañarme o salirme o provocarme un orgasmo en la regadera como había hecho Julio.

De momento me excitó imaginarme estar con alguien más en presencia de mi marido o estar los tres; volver a mi periodo experimental, a mi estado líquido. Aunque sabía que también podría ser un signo de que algo estaba faltando entre los dos, que había dejado de ser suficiente para él, que habíamos llegado a un punto donde él podía tranquilamente sacarme la verga de entre las piernas, dejarme e irse con el pantalón arrugado a una junta con sus jefes.

Ajusté la temperatura del agua que estaba casi hirviendo, me sentí preocupada, triste. Tomé el jaboncito Rosa Venus para lavar mi piyama y escuché a Julio gritando otra vez, sobre el ruido del agua, encima de lo que pudiera yo sentir, encima de mí.

—¡Con Selma!

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