Halo, en mi ipod

El autobús venía casi vacío, pero Ivette iba de pie, con su vestido rojo de Santa Claus, pegado y cortito, con remates de peluche blanco, cinturón ancho, negro y flojo cayendo en sus caderas; sin medias y zapatos negros, no muy bonitos, pero altísimos. Luego me enseñaría que el gorrito lo traía en su mochila naranja, que se veía pesada pero muy mona. A cambio, le lucían sus mechones de cabello, largos y castaños, casi ondulados, que caían sobre el peluche en sus hombros.
Yo iba sentada, casi hasta atrás, junto a la puerta y alucinaba escuchando Halo en mi ipod —acababa de salir en itunes—; y la miraba moverse al vaivén del camión, detenida de sus manos estrechas, de dedos alargados y uñas puntiagudas. Parecía sacada de un videoclip de una chica hermosa, en un sentido completamente distinto a la belleza exuberante de Beyoncé. Ivette era hermosa y atraía las miradas, pero no era de curvas peligrosas ni pronunciadas.
Ivette no quería llamar la atención; pero mandaba el mensaje contrario ahí parada, viajando mostrando sus piernas larguísimas como una modelo sacada de una revista escrita en francés. Ella habría querido —luego me dijo— hacerse invisible, pero el vestido que le dieron los de marketing le quedaba tan ajustado y estaba tan rígido, que le daba miedo sentarse y arriesgarse a que se le desbaratara en la mitad del camión.
Era el veinte o el veintiuno de diciembre de 2009. Mi mamá estaba por encontrar una nota en un saco de mi padre y derrumbar las paredes de mi mundo sobre nosotros. Yo lo ignoraba, claro. En ese tiempo no necesitaba saber de nada; acababa de cumplir dieciocho, estaba en vacaciones de la escuela e iba de camino a mi clase de ballet.
Lógicamente me llamó la atención el vestido de Ivette, se veía incómodo y mal cortado. Pero más bien me dediqué a mirarle el cabello, que se le hacía más rubio en algunos puntos o se le oscurecía dependiendo de donde daba el sol de la mañana, que en esa época del año apenas ajustaba para entibiarnos las piernas. Detrás de los mechones que le caían sobre los hombros, se veían sus orejas pequeñas y rosadas con aretes de oro en forma de pequeñas mariposas, finas y sencillas como sus dientes que asomaban de su sonrisa, de manera quizás involuntaria, probablemente nerviosa.
Me parece que las siete u ocho personas que íbamos en el autobús la veíamos, unos con más curiosidad, algunos con menos deseo, pero ninguno con el objetivo de molestarla; salvo un muchacho que se subió después, y se levantaba de su asiento y se le acercaba para decirle quién sabe qué cosas, y luego volvía a sentarse, con las piernas excesivamente abiertas y poniendo una mano sobre su miembro, como retándola, como ofreciéndolo. Quién sabe. Ella lo ignoraba, aunque podía verse que la incomodaba. El tipo volvía a levantarse y a decirle otra cosa; y de nuevo a sentarse y sobarse la entrepierna con una sonrisa agresiva, molesta, verdaderamente molesta.
Se levantó por cuarta vez, e impulsivamente me jalé los audífonos le grité y lo llamé idiota, le exigí que la dejara en paz y le ordené que dejara de agarrarse el pito porque daba asco. Me miró con una expresión de enojo que me hizo palidecer, me miró y me dijo metiche, fachosa, me dijo malcogida; y ya no alcancé a escuchar las tantas cosas que me gritó, porque me asusté tanto que empezó a sonar zumbido en mis oídos. Pensé que vendría a pegarme en la cara.
Ivette caminó hacia mí y me sugirió que parara, si no heredaría el problema sin necesitarlo. Otros dos señores lo enfrentaron y empezó a tranquilizarse. No me fijé en qué momento tocó Ivette el timbre, pero en la siguiente parada el autobús se detuvo y ella se bajó. El camión arrancó pero en la esquina el semáforo lo hizo detenerse otra vez. El muchacho me miraba por encima del hombro con una expresión rabiosa, yo sentía que el corazón me palpitaba muy rápido. Me puse de pie, timbré y el chofer me salvó abriéndome la puerta. Sentía las piernas aguadas y el rostro enrojecido. Temí que el muchacho se bajara detrás de mí, pero no lo hizo.

Al bajar vi a Ivette caminando, sorprendida de que me hubiera bajado también. A ella le faltaban dos cuadras para llegar a su trabajo, a mí mucho más para la clase; pero no estaba dispuesta a seguir soportando aquella situación de tensión. Me busqué en la mochila mi monedero de lona para tomar el siguiente autobús, pero Ivette me invitó a acompañarla a tomarse un cuerno y un chocolate en la plaza, «para el coraje» —me dijo—; «para el susto» —respondí—.
Era edecán, tenía mi edad y estaba determinada a hacer carrera como modelo. Nos habríamos quedado sentadas en las sombrillas de la plaza, porque aún le quedaba hora y media libre antes de acudir al llamado en una tienda de ropa —y yo había resuelto no ir a mi clase para estar con ella un poco más—; pero no podía sentarse con ese vestido, lo que nos daba risa. Aunque su verdadera preocupación era que no dominaba sus rutinas y quería practicarlas, mas no había donde; no sin llamar más la atención.
No recuerdo si fue a ella o a mí a quien se le ocurrió subir al último piso del estacionamiento de la plaza, donde de seguro no habría nadie. Entramos al ascensor, me puso la mano en el pecho y se quedó ahí unos segundos como escuchando.
—Ya te regresó el corazón al pecho —me dijo—.
Me quitó los audífonos, se los puso y me pidió que pusiera lo que venía escuchando en el camión. Le di play al reproductor del ipod y me miró sorprendida:
—¡Amo a Beyoncé!
—Yo también.
—Yo la amo a ella, no sólo su música —acotó—.
—Yo amo su cabello, sus ojos y sus piernas.
Se quedó mirándome unos instantes antes de preguntar:
—¿En ese orden?
—No.
—Ni yo.
Se paró frente a los espejos del ascensor, me indicó con una seña que me parara junto a ella y nos miramos en el espejo. Ella empezó a cantar Halo en voz baja, le quité un audífono y me lo puse para escucharla juntas. Realmente era una chica hermosa, mucho más alta que yo.
Me sentía intimidada yendo vestida así, tristemente, de sudadera, short y tenis sobre el leotardo y las mallas; ni al muchacho rabioso del camión le había parecido digna de una mirada lasciva. Aunque, junto a Ivette, me habría sentido igual metida en un vestido de noche con una bolsita pequeña de Fendi; pero ni esa sensación de inferioridad mi impedía ascender con ella piso a piso. Me sentía atraída profundamente. Creo que desde ese punto ya sentía apetito de sus labios, ya miraba su piel con el deseo de recorrerla y olfatearla y perderme en los mechones de su cabello.
El ascensor se abrió sin razón, seguíamos en la planta baja. Soltamos la carcajada porque ninguna de las dos oprimió ningún botón.
Me volví a pulsar el último piso, ella giró también, quedó frente a mí y extendió sus brazos como para abrazarme. Tomó mi nuca en su mano y me acercó. Aspiré para sentir su aliento y ella respondió mordiéndome en la nariz y soltando una carcajada. Abrió la boca y me enseñó los dientes amenazando con morderme de nuevo, pero no me quité; acerqué mis labios y me besó con enorme ternura.
Me apreté contra su cuerpo y sentí su busto abajo de mi cuello. Metió una rodilla entre mis piernas y sin querer roce su muslo con el dorso de mi mano y sentí su piel chinita.
—Estás temblando de frío.
—Estoy ardiendo, tontita.
Me saqué la sudadera para ponérsela y ella aprovecho mi maniobra para tomar mis senos en sus manos. Me quedé inmóvil para dejarla hacer. El ascensor seguía subiendo. Oprimió mis tetas y con sus pulgares empezó a masajear mis pezones que ya traspasaban el algodón de mi bra y el leotardo. Se acercó de nuevo y me besó, de inmediato nuestras lenguas se encontraron y empecé a suspirar sonoramente.
Tomé su muslo en mi mano y sin preámbulos ni nada lo fui recorriendo hacia arriba hasta encontrarme su pantaleta y la fui recorriendo al borde de la costura esperando alguna señal de anuencia. Ivette dejó mis senos, me abrazó de la espalda con fuerza y la otra mano la introdujo en mi short y sin la menor delicadeza palpó mi sexo en su mano como si tanteara una fruta. Sonreí por su brusquedad, ella también y bromeó:
—¿A cómo la papaya?
Solté la risotada y sintiéndome más en confianza metí mis dedos en su panty, encontré el vello de su pubis y lo recorrí jugueteando.
El elevador se detuvo. Nos soltamos instintivamente. La puerta se abrió. No había nadie. Salimos y yo traté de ubicar una banca o macetón, algún lugar donde estar, pero no había más que el barandal amarillo de la escalera; pero Ivette ya se había subido el vestido hasta la cintura, parecía un tapete navideño de tan rígido, no necesitó detenerlo para dejar expuesta la parte de abajo de su cuerpo. Me habría dado risa si no estuviera tan caliente, pero sentía los labios hinchados del beso y la excitación; necesitaba seguir. Volví a sus brazos, metí de nuevo mi mano en sus bragas amarillas y hallé su sexo jugoso, en algunas partes su vello estaba empapado, lo hice a un lado para llegar a la vulva. La masajeé con dos dedos, aprisionando sus labios, tal como me había enseñado Lulú.
A ella le costaba introducirme un dedo por la presión del leotardo, las mallas y mi panty juntos; estaría nerviosa o sería la primera vez que lo intentaba. Pero no importaba. Mi sed era de ella, de su cuerpo; de llevarme su jugo a los labios y con ese sabor besarla. Ante la dificultad, como pudo me introdujo la punta de su pulgar, se sentía bien, pero me preocupaba que me fuera a lastimar con su uña de acrílico.
Sutilmente le fui sacando la mano de ahí y le pedí que se dejara sentir. Ella era Santa Claus, pero ese día sería yo la que haría el regalo. Soltó el cuerpo un poco y me di cuenta de que detrás de su excitación estaba algo nerviosa.
Puse mi sudadera sobre el barandal de la escalera de emergencia para que pudiera recargarse, y me hinqué frente a ella sobre el concreto. Ivette abrió sus piernas para recibirme, se hizo a un lado las bragas y empecé a lamerle y mordisquearle los labios, mientras le peinaba el vello ensortijado, entrerrubio y oscuro, y ella jadeaba con los ojos cerrados y casi en secreto.
Se escuchaba ruido del ascensor. Primero lo dudé y seguí comiéndole el coño, pero era un hecho que el otro elevador venía subiendo.
Le bajé el vestido y lo puse en su lugar, reacomodé mis pechos en el leotardo, me lamí los dedos para no perderme nada de ella. Ivette me devolvió la sudadera y me la puse justo cuando la puerta se abrió y salió un vigilante, quien sin dejar de mirar a Ivette, nos ordenó regresar a la planta baja.
Bajamos los tres. Él sin dejar de mirarle las piernas a ella, y ella y yo contemplándonos con una profunda y entendida complicidad. Quién sabe si el guardia habría percibido el olor de nuestros sexos, al menos el de Ivette, lo traería yo impregnado en mis labios hinchados el resto del día.

3 comentarios sobre “Halo, en mi ipod

      1. Eso es verdad…
        … y lo estoy descubriendo tambien !
        (Joven soy pero tiempo pasa, y ahora recuerdos…)
        Ha, antes que olvide (otra vez !), tienes mails ^^
        Y dejo el aviso en el bueno blog…
        Es que me equivocada entre dos Alivia y una Alicia…
        😱😱😱
        Es que…

        Para escribir un relato !
        Miss G 😊

        Le gusta a 1 persona

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