Naturaleza viva

A veces voy al parque sola. Es un parque grande que está cerca de mi casa. Siempre hay gente. Me llevo una libretita roja, que parece agenda y una pluma para escribir.
Suelo ir de falda amplia. No es quizá lo más cómodo, pero es un fetiche que tengo, quizá una forma de protesta silenciosa. Me gusta sentir el aire, darle la ocasión a mi cuerpo de respirar; aunque tal vez sea un acto de rebeldía.
No me gusta la gente que va a ejercitarse, cuando pasan cerca, los evito. No entiendo bien por qué. No soy chica Nike ni Adidas ni nada. No me gustan los deportes, ni me excitan los deportistas.
Me gusta sentarme a ver gente caminar. Pero si he de ser honesta, disfruto mucho ver a las chicas: sus posturas, su dificultad para hilar los pasos sin saber qué hacer con las manos.
Siempre he pensado que a muchas nos cuesta hallarle uso a las manos al caminar. Sería la incertidumbre terrible de la adolescencia sobre el cuerpo propio, el busto floreciendo demasiado pronto… o no creciendo. Será que los dueños de la moda nos rompen el equilibrio al imponernos el uso de una bolsa o cartera. Yo sé andar con ellas, grandes o pequeñas. Si me pongo nerviosa la aprieto con las yemas de los dedos, si hace falta la uso como arma; pero si me la quitan, me siento perdida.
Si camino casi siempre cruzó mis brazos para protegerme, sostengo el busto entre ellos, lo tapo, anulo mi feminidad. No lo hago para descansar la espalda; me encantaría tenerlo —durante un fin de semana— tres tallas más grande. Sentirme una diosa, abundante y lechosa, y ponerlo en los labios de alguien.
Especialmente disfruto ver chicas con vestido. Entre más sencillos, mejor; con el dibujo visible, con las líneas de las telas cayendo sobre el cuerpo. Adoro las siluetas que se forman, la manera en que se delienan, en que ocultan. No sé por qué, quizá por eso estudié diseño.
Estando ahí, mirándolas, se me aloca la imaginación y empiezo a tener imágenes en mi cabeza de quienes van pasando. Fantaseo el tacto de sentir lo que sienten en sus cuerpos, contra el aire y la ropa. Me pregunto cómo sentirá esa chica el cabello crespo rozando en los hombros, si le estimulará a aquella llevar el sexo tan aprisionado metida en sus leggings. ¿Se masturbará al caminar?
Me fascina mirarle entre las piernas a la gente, intuir las líneas de sus genitales, sean mujeres u hombres. Me gusta dibujar en mi imaginación los penes detrás de los pantalones y las vulvas debajo de las bragas. Eso me enciende.
De pensarlo me hace sentir espasmos sutiles en mi cuerpo. Me asigno la tarea de llegar a casa y ponerme unos short ceñidos, sin ropa interior para hacer la prueba; y salir así al parque a ver si me miran como yo les miro. Aunque nunca lo hago. Me gusta sentir el mundo así: me humedece por dentro para sentirme viva, y me seca para sentirme segura.
Me pregunto, al mirarles, si sabrán que me excitan. Si aquel hombre que me mira desde que me he puesto de pie, ¿sabrá que traigo la piel chinita de tanta lujuria?, ¿sabrá que el aire en los vellos de mis brazos me hacen sentir en un lugar del vientre que no sé qué es, pero me oprime?
Me produce simpatía ver al hombre mirando mi trasero, ignorando que le llevo ventaja con un pequeño vibrador en forma de fruta, clavado en mi cuerpo y operado desde el celular por la lascivia de mi alma perdida.
Lo miro a los ojos, remojo mis labios con la lengua y me volteo a otra parte para ignorarlo, y me voy; y pienso que tendría que aventurarme a salir sin ropa interior, pero no podría hacerlo.
Camino, despacito. Doy pasos cortos procurándome sensaciones del aparatito que remueve mis labios.
Es un dispositivo pequeño y aun así se sale un poco de mi cuerpo.

Se acerca una chica, más joven que yo, es bonita y viene vestida de niño adolescente. Sus cabellos castaños y largos contrastan con sus tatuajes hombrunos y rudos. Salta de la patineta, le da un zapatazo y la cacha entre sus manos. Se acerca y con voz agravada me dice que le gusta mi falda, que le gustaría quitármela a jalones, romperla y lamerme las piernas.
—Pues si quieres lamerlas, lámelas —le respondo—. Pero no me quites la ropa ni la dañes.
Me toma de la mano y me lleva a su paso de macho, casi arrastrando. Siento que se me van a salir mis zapatos de la prisa que lleva. No son tacones, son unos zapatos de piso preciosos tipo balerinas y bordados de colores.
Me sienta en un tronco, detrás de unos arbustos. Se tira en la tierra, no se fija ni en dónde y deja la patineta por un lado. Es tosca, impulsiva y brusca, como Julio en la escuela, urgido, tratando de penetrarme para ocultar que le había ganado la costumbre de eyacular en su propia mano.
Pero ésta chica es peor. Me pone una mano en cada uno de mis muslos y los abre, como si estuviera limpiando un pollo.
Me molesta un poco su brusquedad y su olor a la loción de papá. Antes de zafarme me pega su boca en el muslo y empieza a besar, a lamer y hacer succión como un pez gato. Me hace cosquillas, pero al mismo tiempo se siente rico.
Me mira, cerciorándose de que ha tomado el control, y con la otra mano se dirige a mi sexo; pero la intercepto y la alejo —me da pena que me descubra el vibrador—.
Discretamente meto mis dedos en el borde del volante de mi enagua, llego a mi vagina y extraigo el aparato. No tengo en dónde guardarlo, no traigo más que mi libreta, la pluma y el celular. Me lo quedo en la mano y lo aprieto porque la chica ha llegado a mi ingle y ha multiplicado la intensidad de las sensaciones.
Tomo su cabeza entre mis antebrazos y le susurro que siga. Pero de verdad me inquieta su boca y le suelto la cabeza. Con la mano que me queda libre me desabrocho el sostén que, bendito sea, tiene el broche al frente; y me saco un seno y la llamo para ofrecérselo. Me mira y sonríe, tiene la boca hinchada y brillosa de mi miel.
Me toca el seno con su mano de chica, pero me oprime con fuerza como tratando de masculinizar sus actos; y se olvida de mis pechos y vuelve a su beso de pez gato entre mis piernas. Oprime, succiona, mordisquea, lame. ¡Su devoción con mi coño es descomunal!
Le tomo un seno con mi mano. Tiene el busto apretado, se lo ha vendado. Ella, sorprendida me empuja y se aleja un poco. La suelto, le pido disculpas. Abro un poco más mis piernas y me subo la falda, ofreciéndole de nuevo mi sexo. Pero ella se pone de pie, se limpia los labios con un dedo y me insulta. La miro con incredulidad, pero no dice más. Toma su patineta, se sale del área del pasto y se va.
Acomodo mis pechos en el brasier y lo abrocho. Me bajo la falda de los laterales, descanso el vibrador en mi regazo. Tomo el cuadernillo, la pluma y empiezo a describirla para no olvidar ni un detalle, su voz impostada, su olor, la brusquedad. Levanto la mirada buscando en el aire una palabra, y a lo lejos distingo al hombre que me veía el trasero en la entrada del parque. ¿Nos habrá visto? 
Me pongo de pie. La insistencia del hombre no me da ocasión de volver a colocarme el vibrador. Tendré que llevármelo en la mano, mientras siento el aire que acaricia mi cuerpo, la tela que roza mis piernas y mi sexo hinchado, que aún palpita, lúbrico y me hace suspirar por el trabajo del tomboy que ha quedado a la mitad.

5 comentarios sobre “Naturaleza viva

  1. Todo lo que escribes me parece hermoso (por más explícito que sea, o quizás por ello). WordPress ha fallado en avisarme que habías colocado nuevo contenido por lo que me he re-suscrito, ahora con mi correo. No quiero perderme ninguno de tus post. Un fuerte abrazo.

    Le gusta a 1 persona

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s