Oración

De: Juan Gelman *

Habítame, penétrame.
Sea tu sangre una con mi sangre.
Tu boca entre a mi boca.
Tu corazón agrande el mío hasta estallar.
Desgárrame.
Caigas entera en mis entrañas.
Anden tus manos en mis manos.
Tus pies caminen en mis pies, tus pies.
Árdeme, árdeme.
Cólmeme tu dulzura.
Báñame tu saliva el paladar.
Estés en mí como está la madera en el palito.
Que ya no puedo así, con esta sed
quemándome.

Con esta sed quemándome.

La soledad, sus cuervos, sus perros, sus pedazos.

 

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* El poema; la excitada ha sido toda mía.

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Sus bragas de encaje lilas y sus 7 centímetros de pene

Lo vi cuando extendió su mano para saludar a alguien de la multitud que éramos en el museo. El suéter se le recorrió y pude notar sus brazos blancos y delgados. No correspondían a su condición de hombre, tal vez fue eso lo que llamó mi atención. Abría muy poco la boca al hablar, era tímido y parecía quererse ocultar en sí mismo, echando los hombros hacia adelante, escondiendo su pecho liso, parejo y uniforme en el grueso suéter que llevaba, y que sin darme cuenta empezó a emocionarme.

No imaginé una escena en sí. No sé por qué, si siempre recreo imágenes en mi cabeza. Era más bien la sensación, la calidez que tendría que hallar debajo del suéter, su piel fina y blanca; que más que verla, necesitaba sentirla, en mi mano, rozándome.

Me miró repentinamente con una asombrosa feminidad. Me quedé inmóvil, con alguna sensación de culpa, porque creí por un momento que era una chica de doce o trece años, con muy poco o sin busto. Pero él, consiguió ruborizarme; parecía estar leyendo mi mente, apropiándose de la sensación que imaginaba en mi mano si sólo pudiera meterla en su suéter y averiguar su sexo.

Sin querer bajé la vista a la bragueta de su pantalón, que no era de hombre. Cómo no iba a notarlo si tenía el tiro pequeñito para que apenas cayera en la cadera. Mas constaté lo inocultable y él se dio la vuelta, evitándome. Caminó hacia el otro extremo del salón y yo lo agradecí sinceramente, porque necesitaba reponerme de la alteración.

Había sido como estar en un trance hipnótico, y quizá no había salido del todo porque me descubrí respirando profundamente, buscando su olor en el aire. Quería por lo menos quedarme con eso, pero había tanta gente que era difícil caminar en cualquier dirección.

Me saltaba el pecho de las ganas de querer comprobar si olía tal como yo imaginaba. Algo en mi interior me pedía sentir su espalda pequeña y estrecha debajo de la ropa; no arrancársela, liberar nada más un poco de su humor.

La violencia de mi pasión era la necesidad de olerlo, sentirlo, absorberlo y apropiarme de él por lo menos en mi nariz. Quería llevarme el olor de su nuca a mi cama, sacarlo de debajo de su cabello claro y delgado, sedoso y cuidado; mentiroso, femenino, lésbico. Volví a pensarlo mujer, intrigante, prohibida. Y de todos modos lo quise tener cerca otra vez.

Caminé al fondo del salón con prisa, sin cuidar mis pasos, ni haciendo caso de la rígida formalidad de la ocasión. Él llevaba suéter y contrastaba con la vestimenta de todos, igual que yo, que iba con mi vestimenta típica de la universidad. Quizá por eso había llamado mi atención. Aunque era más fuerte, no podía sacarlo de mi pensamiento, pero tampoco quería; quién sabe que querría yo en realidad.

Lo hallé de frente, mirando seguramente mi desparpajada manera de caminar, tanteando mi cuerpo. Era tan evidente que lo estaba buscando, que ya no me importó acercármele, sonreír y presentarme. Me dijo su nombre: Luis Eduardo. Era un niño rico, de esos de alcurnia de la Ciudad de México, que había ido a la exposición para acompañar a su mamá, porque necesitaba socializar. Él se reía de ella, pero eran igualitos, coqueteaba conmigo con falso recato. Me habría tirado un pañuelo encima del hombro si lo hubiera traído.

Perdí un poco el interés. Su parpadeo excesivo y la remojada de labios con la lengua empezaron a parecerme grotescos. Al escribirlo, suena muy tonto pero no lo es, o no se siente así. Yo no quería acostarme con él, no pensé en eso cuando lo vi llegar. Por ello, su gesto excesivo, sexual, me resultó tan irritante.

Eso pasa… si el muchacho te sabe llevar, termina con tus panties en la bolsa; pero una no lo busca, al menos no todo el tiempo. Te toma por sorpresa: te coge. Por eso se dice que te han cogido; y los machos lo celebran y lo platican, porque te han pillado siendo una puta.

En la normalidad, se es puta muy pocas veces en la vida, y te dura un instante: justo donde te cogen. Ocurre tan rápido… como cuando de pronto cambias de opinión y decides que nada va a suceder en esa ocasión, aunque el chico ya esté hecho a la idea. Es rápido, pero necesario; y la noche termina de súbito a la hora que sea. Inconsciente te buscas la bolsa que no dejaste de traer colgada, y de inmediato te orientas con la mirada para hallar la salida, lista para dejar al tipo enojado y con ese supuesto dolor en los huevos, que de seguro es un mito para abrirnos de piernas a través de la culpa.

Aunque yo no podía irme, necesitaba llevarme algo de él. Cómo iba a pasar otra noche pegándome al colchón de la pensión, para darme algo que tanta falta me hacía. Por qué siempre acabar cobijándome con la dignidad, tan impotente y fría.

Con la excitación o la soledad como impulso, devolví mi vista hacia él, que ahora observaba a una muchacha muy bonita con las piernas larguísimas. Arqueó un poco la espalda enderezándose, y me di cuenta que intentaba emularla. No supe qué sentí, a veces me dan celos sin razón de gente que ni conozco, pero era distinto.

Creo que entonces me conecté con él, lo imaginé llevando la falda de la muchacha, igual, a la cadera y caída del lado derecho, con la piel chinita del frío porque afuera estaba lloviendo; y su pene, pequeño, como parecía ser, bailando un poco porque tendría que ir caminando como ella, modelando en el pasillo del museo.

El deseo volvió con más fuerza. No podía imaginarlo metido en un boxer, no era como los otros chicos. Su virilidad me atraía por ausente. Había querido meter mi mano en su suéter desde el principio, me urgía hallarme un corpiño bonito y discreto, unos pezoncillos de hombre ocultos bajo esa lana riquísima, que apartaba su masculinidad de la mujer que yo tenía enfrente de mí; esa que vivía atrapada en un cuerpo de hombre.

«El instante efímero» se prolongaba, y él, plantado en su bellísima androginitud no hacía nada por pillarme a mí: por cogerme. No pude más. Tendría que cogérmelo, yo. Lo tomé de la mano y me lo llevé arrastrando hacia el baño de mujeres. Él se dejó guiar, volvió a remojarse los labios, pero ya no podía irritarme. Parecía dispuesto a dejarse llevar a la cama, pero no a llevarme él. Lo excitaba no tener la iniciativa, y a mí ese jueguito de roles, a esas alturas, no podía influir en la humedad de mi entrepierna, que ya no tenía remedio.

Le puse seguro a la puerta del baño.

Me coloqué detrás de él, metí mis manos en el suéter y hundí mi naríz en su nuca. Olía delicioso. No era un olor sexual, no era testosterona ni feromonas; era él, su champú y su mundo traído del Palacio de Hierro con American Express dorada. Estaba a punto de follarme a la princesa de Mónaco de Las Lomas en un evento exclusivo de la CDMX; y si bien, todo era de una sensorialidad mágica, hacía un par de minutos que nada estaba ocurriendo, él no me había ni rozado con un dedo.

Caí en cuenta que debía tomar la iniciativa, que sin una tomboy una cogida entre chicas termina en piyamada. Seguí recorriéndolo debajo del suéter, al tacto. Sobre la tela de su camiseta reconocí el emblema de Gucci. Metí mis manos en ella y él gimió un poco, con voz de chica. Lo miré en el espejo, que había quedado enfrente y noté su erección debajo del pantalón. Era discreta, tenue como su voz; y quise llegar a él. Arrastré mis manos torso abajo y sentí a Luis Eduardo teniendo un ligero estremecimiento. Desabotoné su pantalón, abrí la bragueta; y antes de ir más allá, tomó mis manos evitándolo.

Di un paso para quedar frente a él y lo besé en los labios. Me tomó con sus dos manos y me recorrió la cara con besitos pequeños. Aproveché y medio saqué su pene de unos calzoncitos de encaje, que al tacto prometían ser bellísimos; Aunque al ser de chica no tenían hendidura y debí bajárselos un poco para liberarlo. El dejó de besarme y me advirtió que su miembro era muy pequeño. Lo besé con toda la ternura que me inspiró en ese momento y tomé su miembro entre mis dedos para verlo. Era de veras chiquito, jamás había visto uno así. Y no era molesto, por el contrario; era lindo e inofensivo, como el de un niño. Lo tenía inclinado hacia la derecha, minúsculo y raro, pero seguía siendo una polla reglamentaria, tiesa y humedecida por el momento.

Me hinqué frente a él, lo metí en mi boca y me lo fui paseando con la lengua, mientras él jadeaba y me sostenía la cabeza con sus manos sobre mis orejas, puestas como audífonos. Era muy delicado, no empujaba su miembro al fondo de mi garganta. Por el contrario, sus manos sobre mí eran un gesto amable, delicado.

Como su pene era tan pequeño, mi nariz rozaba contra su vello púbico como si estuviera comiéndome la vulva de Lulú; y estaba tan cuidadosamente recortado que me hizo acordarme de Lulú burlándose de mi obsesiva peluquería púbica. Mas sensorialmente iba más allá, porque el humor delicioso de la nuca de Luis Eduardo era el mismo aroma de su vientre. ¿Cómo olería su semen, a qué sabría?

La duda me hizo sacarme el pene de la boca, y masturbarlo con mis dedos, ayudándome a masajearle el glande con mi lengua. Para entonces ya sabía que él no me acariciaría las nalgas, ni me aplastaría las tetas con su cara. No sería el amante salvaje que iba a arrancarme la ropa, hacerme montarlo y dejarme con las piernas escurriendo hilitos de esperma toda la tarde. Yo no obtendría recompensa en mi cuerpo, ninguna. Sólo el placer de haberle metido mano hasta saciarme; y me urgía hacerlo eyacular para probar su sabor, para llevarme su olor en la mano y poder recrearlo en mi mente, de cuerpo completo, en mi pensión de estudiante.

De repente alguien tocó a la puerta del baño. Era su madre. Lo llamaba por su nombre completo. Me asusté, se me salió el pene de la boca que quedó contra mi barbilla. Le pregunté qué íbamos a hacer. Luis Eduardo, sin mediar palabra tomó la iniciativa por primera vez, volvió a meter su pene en mi boca y me hizo estimularlo con la lengua como si la vida nos fuera en hacerlo terminar. Acarició mi cuello y mi cabello, jaló la liga y lo soltó. Bajó sus manos a mis senos, las metió dentro del sostén y empezó a oprimirlos con sus dedos cortitos. Lo miré, tenía los ojos cerrados, hablaba en voz baja, con la boca apenas abierta.

Su madre insistía en la puerta y él parecía excitarse más. No es que la verga le creciera, pero jadeaba y me acariciaba. En medio de esa situación me mostró una manera de comunicarse sin hablar, de hacerme sentir mucho cariño; y yo quería corresponderlo. Acaricié con mis manos la parte interior de sus piernas delgadas, subiéndolas hasta llegar su sexo –como volvía loca a Lulú mientras lavaba la loza–. El olor de Luis Eduardo me mantenía en un trance de ir y venir con recuerdos mezclados de olores, de toqueteos, de orgasmos en forma, con Gabriel, con Lulú, conmigo sola.

La repetitiva tarea de darle a un hombre una mamada como Dios manda, esa tarde, fue mucho más que evitar morir asfixiada con un falo.

Luis Eduardo eyaculó en mi boca, y antes de pensar en tragar o escupir, se hincó frente a mí; me ofreció un beso, y de mi lengua tomó con la suya hasta la última gota de su esperma. Lo paladeó por un instante y dio el trago.

Se levantó, envaninó su verguita pegajosa en las bragas de encaje color lila más hermosas que haya visto, y terminó de vestirse. Abrió la puerta y enseguida entró su madre, quien me clavó su mirada inquisitiva y reprobatoria, como si fuera la embajadora de la más pura y casta sociedad. No fui capaz de salir del baño y enfrentarme al linchamiento de una multitud de etiqueta. Me quedé parada frente al lavabo, mirándome al espejo. Necesitaba terminar por mis propios medios, pero no iba a hacerlo allí.

Cuando estuve segura de que todos se habían ido, me fui a casa caminando sin prisa, con pasitos cortos y apretados para hacer rozar mis piernas; gozando el placercillo ramplón que podía darme la opresión del pantalón contra mi vulva aún hinchada, que por momentos me hacía ponerme de puntitas. Mis dedos no habían guardado ningún olor del semen de Luis Eduardo. El humor delicioso de su nuca y de su pubis se había esfumado, se había ido con él.

Antes de llegar a la pensión me detuve en una Farmacia Guadalajara –que me hacía sentir en casa— a comprar calabacitas tiernas. La verdad es que tenía suerte. De ser hombre, aquella tarde habría quedado muerta en el baño del museo, víctima de un dolor de huevos.

Yo, mi vestido corto, el Calavera Rodríguez y su erección de miedo

Olvidé la presentación para la reunión de las 11:00 am. Me acordé cuando llegué a la oficina y hallé a todo mundo en la sala de juntas. Estaba segura de haber dejado la USB en la mesita de la entrada de mi casa. Sin perder un instante, me salgo para regresar por ella, pero algún tarado dejó su coche estacionado en doble fila y no podía irme.

El “calavera” Rodriguez, un chavo de sistemas, se ofreció a llevarme. Si manejaba como el pandillero que aparentaba ser, tendríamos tiempo de sobra para llegar a la reunión. Así que le tomé la palabra y él las llaves de una camioneta de la empresa.

Manejaba rápido y todavía le alcanzaba para masticar un chicle y para mirarme por el rabillo del ojo. Me observaba porque me había puesto un vestido que yo sabía que me quedaba bien. No era muy corto, me llegaba apenas arriba de las rodillas. Pero en el asiento del coche, a la vista del “calavera” Rodríguez se me había subido un poco más. Me lo jalaba para acomodarlo, no tenía la intención de provocarle, como tampoco él la habría tenido al ponerse ese pantalón de mezclilla delgadita que permitía intuir el contorno de su pene.

No es que anduviera viéndole los genitales a los compañeros del trabajo; pero si éste se empeñaba en mirarme como queriendo cobrar de alguna manera el favor, bien podía emparejar la situación. Incluso pensé poner mi mano sobre su pene, despacito, sin tocarlo; a ver qué cara ponía. Luego dejarla caer. En realidad lo que me apetecía era acariciarlo con las uñas y abrir la palma de mi mano para sentirlo crecer entre mis dedos, para verlo llenando el pantalón. Me dieron ganas de rozarle la pierna con el dorso de mi mano, desde el muslo hacia arriba para toparme con su verga; y a través del tacto confirmar que me estaba imaginando desnuda, y que si no fuera por la palanca de velocidades ya me habría puesto la mano encima también. Pero no lo hice.

Íbamos en el coche. Él masticando chicle y yo callada.

Pero estaba segura de que se estaba excitando. Dejó su mano sobra la palanca de velocidad y la pego a su cuerpo, como queriendo ocultar su juego. Su mirada no dejaba de ser lasciva, pero ya no parecía querer provocarme —lo que era realmente provocador—. Dudo que supiera que me estaba humedeciendo, aunque la química de mi vagina lo estaba llamando; y el “calavera” Rodríguez, inconscientemente la escuchaba, porque la camioneta empezó a llenarse de ese olor que tiene el semen cuando se está en los previos, cuando es un liquidito seminal transparente y delicioso.

En mi imaginación ya le había abierto la bragueta y había metido la mano para explorar sin sacar su pene de su lugar. En mi mente lo acaricié, lo sobé, colecté líquido en las yemas de mis dedos y me los llevé a la boca para probarlo. Para entonces, él ya había notado mis pezones que habían trascendido la tela. Ya se había remojado los labios con la lengua, quizá sin darse cuenta.

Lo imaginé haciéndome todo eso que de seguro estaba deseando hacerme; pero con mi vestido puesto, yo tendría que dejarme el vestido puesto. Imaginé que llegábamos a mi casa y él me decía que me esperaba ahí para que no descubriera yo su pene hinchado, rojo, a punto de estallarle. Y yo insistía para evidenciarlo. Le ofrecía un vaso con agua, una galleta, una cogida salvaje en el tapete de la sala de mi casa, sin música ni condón. ¿De qué otra manera podría, alguien apodado “el calavera”, cepillarse a una chava de la oficina en horario de trabajo?

Me imaginé canturreando en voz baja, provocándolo con cursilerías, para seguir siendo señorita de alguna manera; pero evitando al mismo tiempo irnos a la cama. Para cogidas en la cama, una tiene marido, sábados por la noche y ropita coqueta. Aún así, le habría pedido que no me quitara el vestido, no del todo. Lo habría dejado sacarme las panties, que las oliera, que se las guardara si quería en una bolsa de su pantalón mugroso; que aventara mis zapatos sin cuidado. Yo sola me bajaría los tirantes del vestido y me quitaría el brasier. Ahí es cuando haría lo que de seguro ahora va pensando mientras conduce: chuparme las tetas, acariciarme el coño, ponerme en cuatro y rozarme la vulva con su verga de diecisiete centímetros: Lo típico en un hombre. Aunque para entonces, yo tampoco estaría para besos y palabritas románticas.

Le rogaría sin poses que me la diera de una vez, que me abordara, que me sintiera por dentro. Y él, arrojado como es para meterse entre los coches, se metería de golpe en mi cuerpo, y yo lo sentiría llegando casi a mi estómago. Apretaría mi vaina, para hacerle fricción, para que le costara entrar y salir. Cogería su falo con cada músculo de mi cuerpo, lo asfixiaría entre mis piernas, me compactaría toda y luego me aflojaría desarmada al sentir que se le ha ocurrido acariciarme el clítoris.

Para su sorpresa, me quitaría de ahí, rompería la formación. Lo miraría tan lleno de vida, con su pene mojado, venoso y palpitante como pandillero de secundaria que han separado a media pelea. No podría haber sido una mujer quien le puso “calavera” a este muchacho, no habría sido yo.

Me tumbaría, boca arriba. No haría falta decirle que tengo una fijación con las flores. Yo, con mis piernas alzadas en el aire dejaría caer mi vestido abierto en mi derredor, como los pétalos de una flor tendida en el tapete de la sala. Y el “calavera” Rodríguez volvería al ataque, a removerme el polen. Y entraría y saldría, entraría y saldría; y el sonido de tanta humedad me parecería gracioso y haría un esfuerzo por no reír, para no desconcentrarle. No me atrevería a que me dejase de atacar, de acuchillarme con esa arma física y sicológica.

Mi risa, en realidad sería de nervios, porque a pesar de todo no podría dejar de pensar. Porque una nunca deja de pensar. Podría sentirme embutida por dentro, podría sentirme morir cuando él se viniera y disparara un balazo de semen en el centro de mi ser. Pero lo cierto es que más que el esperma, el romanticismo y los fuegos artificiales, estaría esperando escucharle gemir para saberlo humano; que por muy calavera que fuera, mi “hombre del momento” era vulnerable en algún punto, que también temía algo, que también sentía la fragilidad del mundo, como me pasa a mí en esos casos.

Regreso de mi ensoñación. Vamos llegando a mi casa. He estado perdida todo el camino imaginándolo, y él habrá creído que estoy siendo indiferente. Me decido a tomar la iniciativa y alzo mi mano para ponerla sobre su pierna. Me arrepiento y la devuelvo a mi regazo. No hago nada, no me atrevo. El calavera Rodríguez se ha deshecho del chicle, está nervioso; y en efecto, tiene una erección de miedo que lo tiene inquieto. Decido no hacer nada. Si no dejo pasar el momento… para la tarde seré la piruja de la oficina.

Me inclino hacia los asientos de atrás para sacar las llaves de mi bolsa. No están en el primer cierre. No están en el segundo. Las hallo en la bolsita pequeña; ahí están… ¡junto a la USB! ¡No la olvidé, aquí la traigo! Me devuelvo para mostrársela al Calavera Rodríguez y lo hallo con el miembro de fuera, brilloso y lúbrico. Se lo soba y me lo muestra, como ofreciéndomelo… más bien como amenazándome. Me aparto de él con violencia, me asusta.

Lo imagino metiéndome a casa, arrastrándome al tapete. Me da miedo que me golpeé, que su fantasía sea descargarse en mí como si fuera un cojín de su sala, que añore matarme pensando en alguien más. Empiezo a temblar, los talones me bailan. Él se da cuenta de mi miedo. Abro la puerta, aunque sé que no podría correr porque no siento control de mis piernas, no estoy segura siquiera de seguir con los zapatos puestos. El calavera se guarda el pene en su ropa, se disculpa y alza las manos en son de paz. Me asegura que de algún modo había entendido que me le estaba insinuando.

Me bajo de la camioneta como puedo. Me escurren lágrimas en la cara. Me he dado cuenta de que no corro peligro, quizá por eso no pueda contener el llanto. Me agacho al piso, me pongo en cuclillas, termino hincándome. Él se ha bajado de la camioneta también y se sienta junto a mí. Lo miro y entre sollozos exclamo: “¿Por qué me haces esto, por qué?”. Se lo digo a él, me lo digo a mí; sobre todo a mí.

Su inevitable necesidad de quietud

A la hora del amor se está a merced del otro en todos los sentidos. Y no sé si esté bien o mal, pero una necesita percibir un poquito de control. Y ese momento viene al sentirlo eyacular, en su jadeo ronco y viril que me pone chinita la piel; en la repentina tensión en sus brazos y piernas que ocurren como un latigazo. Pero sobre todo, en su inevitable necesidad de quietud. Ha de ser como si te dieran un beso después de cogerte, pero sin hacer nada.

Las calabacitas que lavaba Lulú

Lulú era una muchacha delgada, muy morena y bonita que vivía con nosotros y nos ayudaba en la casa. A mi mamá le gustaba porque casi no hablaba, y sabía que ni en la tienda ni en la carnicería podrían sacarle una palabra de mi papá y de la noche que nos dejó.

A mí me encantaba porque platicaba conmigo. Después de la tarea iba a buscarla a la cocina. Algunas veces Lulú ya me estaba esperando; otras entraba del patio con una calabacita o dos en la mano, las lavaba, las dejaba escurriendo mientras me ordenaba que me sentara en una silla para cepillarme. Yo me preguntaba de dónde podría traer esas verduras si en el patio no había refri ni un frutero ni nada.

Lulú me deshacía la trenza, me cepillaba el cabello y me contaba de sus cosas, los muebles que iban a comprar ella y Beto, su novio; de los meses que faltaban para que él volviera de Estados Unidos; y alguna vez, cuando ya me tenía mucha confianza, me contó de la vez en que él vino a la casa a despedirse de ella.

Yo le pregunté de golpe si habían tenido relaciones sexuales. Lulú abrió sus ojos negros, sorpendida, y me dijo que no; que claro que no. Aunque se quedó pensando y con una sonrisa que no pudo ocultar me confesó que más o menos; que un poco, pero no tanto. Entonces quise saber, y ella se hizo la sorda. Nada más me contó de palabras; lo que Beto le dijo, lo que le prometió; que ella le juró guardarse para él. Y como vio que me había quedado en las mismas, me explicó que guardarse era justamente no tener relaciones con nadie hasta que él volviera.

Ya cayendo la noche, desde la ventana de mi cuarto vi que Lulú cruzaba el patio hasta la cocina, y luego la vi de regreso con el par de calabacitas que había lavado en la mano. Podrían no haber sido, estaba oscuro; pero ésa era una escena que ya era común para mí y no lo dudé. Mi mamá no había regresado de la oficina. Salvo nosotras, la casa estaba sola y yo aburrida. Bajé a ver qué podría estar haciendo Lulú.

Salí al patio a hurtadillas, sin encender una luz; y sin acercarme mucho, me asomé por la ventanita de su puerta de fierro. Adentro había una lámpara encendida y se veía a Lulú sentada sobre su cama, con la falda levantada, las piernas abiertas y sobándose con una calabacita encima de los calzones. Tenía los ojos cerrados, si no de seguro que me habría visto. Echó su cuerpo hacia atrás, cayendo acostada; y siguió sobándose haciendo círculos, como dibujando gatitos de caligrafía con ese lápiz gordo que empuñaba con fiereza.

Desde chica supe las sensaciones que podía sentir en mi vulva, y aunque me habían gustado siempre procuré reprimirlas. Nadie me dijo nunca, yo sola pensé que no podría estar bien; y hasta que ví a Lulú, volví a considerar tocarme. En realidad no me esperé ni un minuto. Sentía un calor que me recorría por dentro, un cosquilleo en toda la zona que hasta la misma ropa me provocaba sensaciones.

Me subí al lavadero que daba justamente a la puerta del cuarto. Me senté, metí mi mano en el short que traía puesto y empecé a frotarme con dos dedos sobre mi ropa interior. Lulú se bajó los calzones y se introdujo la punta de la calabacita. No podía creer lo que ella hacía. Quise acercarme más, su vagina parecía una flor de pétalos largos y oscuros. Tenía muy poco vello, igual que yo, que era cinco o seis años más chica; mi vagina era rosada y la de ella café, pero sus labios eran enormes y elásticos, como las alas de una mariposa. De repente sacaba la calabacita de su interior y volvía a frotarse con ella, restregaba los labios que se estiraban y luego volvían a su forma original.

Lulú manipulaba la calabacita con tanta intensidad que de repente estiraba las piernas tensando los músculos y luego las volvía a flexionar. En esos movimientos su cabeza se incorporaba un poco y preferí irme antes de que fuera a descubrirme.

Pero no atinaba a qué hacer. Quería seguirme tocando, pero necesitaba algo, mis dedos no bastaban; no después de ver a Lulú que con tal de guardarse para Beto se cogía sola con las verduras de la cocina mientras yo menseaba en mi cuarto, viendo la tele o haciendo la tarea.

No podía dejar de tocarme. Con una mano abrí el refri y revisé en el cajón de la verdura, pero no había nada interesante. Lo cerré y me asomé a un frutero donde sólo había naranjas y peras.

Repentinamente escuché que la puerta de la cocina se abrió y se encendió la luz. Era Lulú que todavía alcanzó a verme sacándome la mano del short. Sorpendidas, las dos, apenas cruzamos un saludo. Ella se dio la vuelta hacia el fregadero, abrió el grifo y se puso a lavar las calabacitas, como siempre.

Yo me quedé parada sin saber qué hacer. Quise pedirle una para terminar. Pensé preguntarle si eso le había hecho Beto cuando vino a despedirse. No hice nada. Me devolví a mi cuarto. Ya no pude seguir frotándome, había perdido el momento. Aunque en mi interior me sentía llena, colmada.

Me cambié los calzones. Ahora necesitaba sentirme seca, calientita, como esas veces que necesitas suspirar, aunque no sepas por qué o por quién. Por primera vez, desde que papá se fue, sentí vida dentro de las paredes de la casa. Y por primera vez, desde que nací, necesité sentir vida entre las paredes de mi cuerpo, contra mis labios rosados que no dejaron de pedirme las calabacitas que lavaba Lulú.

Una flor en una flor en una flor

En el colegio tuve una maestra aficionada a encerrar todo lo que creía importante en corchetes, como si plantara flores entre los enunciados y las secuencias de números. Adoraba verla manipulando las tizas de colores con sus uñas larguísimas, escribiendo en el pizarrón sin dejar de hablarnos; como si fuéramos sus semejantes, como si no hubieran miles de kilómetros entre ella, tan perfecta con sus faldas ceñidas, su busto redondo, y nosotros.

Desde entonces me hice a la idea de que los corchetes son el lugar perfecto para encerrar conceptos importantes, verdaderos tesoros.

Naturalmente, ése fue el primer símbolo gráfico del que me apropié cuando empecé a escribir. Se los arrebaté a la memoria de mi maestra en un acto de atrevimiento. Hasta pude haberlo hecho frente al espejo, pasándome revista: senos, cadera, falda ceñida; checked, checked, checked. Eso no es cierto, jamás podría haberlo hecho así; habría terminado rellenándome el brasier. Pero aún así, los corchetes se convirtieron en el centro de mi feminidad escrita.

Encorchetar un concepto, de alguna manera es retenerlo, cortarle la salida, cogerlo, devorarlo, aparearme con él. Tomo el concepto del cuello con mi mano derecha y lo dirijo hacia mí, con la izquierda separo los pétalos de mis corchetes y lo hago entrar. Lo aprieto. Lo exprimo.

Cuando WordPress me pidió que buscara una imagen para representar mi blog, pensé en dibujar una matrushka de corchetes: yo, mi boca, mi vagina, lo que hay dentro de mí que no es físico, todo eso que me ha hecho ser quien soy.

No sé con qué palabra me iría a un bar, esperando que me lleve a la cama. Pero bien le recibiría su sexo con un par de corchetes, bold, sin serifes, en tinta roja… la flor de todas las flores tipográficas.