Yo, mi vestido corto, el Calavera Rodríguez y su erección de miedo

Olvidé la presentación para la reunión de las 11:00 am. Me acordé cuando llegué a la oficina y hallé a todo mundo en la sala de juntas. Estaba segura de haber dejado la USB en la mesita de la entrada de mi casa. Sin perder un instante, me salgo para regresar por ella, pero algún tarado dejó su coche estacionado en doble fila y no podía irme.

El «calavera» Rodriguez, un chavo de sistemas, se ofreció a llevarme. Si manejaba como el pandillero que aparentaba ser, tendríamos tiempo de sobra para llegar a la reunión. Así que le tomé la palabra y él las llaves de una camioneta de la empresa.

Manejaba rápido y todavía le alcanzaba para masticar un chicle y para mirarme por el rabillo del ojo. Me observaba porque me había puesto un vestido que yo sabía que me quedaba bien. No era muy corto, me llegaba apenas arriba de las rodillas. Pero en el asiento del coche, a la vista del «calavera» Rodríguez se me había subido un poco más. Me lo jalaba para acomodarlo, no tenía la intención de provocarle, como tampoco él la habría tenido al ponerse ese pantalón de mezclilla delgadita que permitía intuir el contorno de su pene.

No es que anduviera viéndole los genitales a los compañeros del trabajo; pero si éste se empeñaba en mirarme como queriendo cobrar de alguna manera el favor, bien podía emparejar la situación. Incluso pensé poner mi mano sobre su pene, despacito, sin tocarlo; a ver qué cara ponía. Luego dejarla caer. En realidad lo que me apetecía era acariciarlo con las uñas y abrir la palma de mi mano para sentirlo crecer entre mis dedos, para verlo llenando el pantalón. Me dieron ganas de rozarle la pierna con el dorso de mi mano, desde el muslo hacia arriba para toparme con su verga; y a través del tacto confirmar que me estaba imaginando desnuda, y que si no fuera por la palanca de velocidades ya me habría puesto la mano encima también. Pero no lo hice.

Íbamos en el coche. Él masticando chicle y yo callada.

Pero estaba segura de que se estaba excitando. Dejó su mano sobra la palanca de velocidad y la pego a su cuerpo, como queriendo ocultar su juego. Su mirada no dejaba de ser lasciva, pero ya no parecía querer provocarme —lo que era realmente provocador—. Dudo que supiera que me estaba humedeciendo, aunque la química de mi vagina lo estaba llamando; y el «calavera» Rodríguez, inconscientemente la escuchaba, porque la camioneta empezó a llenarse de ese olor que tiene el semen cuando se está en los previos, cuando es un liquidito seminal transparente y delicioso.

En mi imaginación ya le había abierto la bragueta y había metido la mano para explorar sin sacar su pene de su lugar. En mi mente lo acaricié, lo sobé, colecté líquido en las yemas de mis dedos y me los llevé a la boca para probarlo. Para entonces, él ya había notado mis pezones que habían trascendido la tela. Ya se había remojado los labios con la lengua, quizá sin darse cuenta.

Lo imaginé haciéndome todo eso que de seguro estaba deseando hacerme; pero con mi vestido puesto, yo tendría que dejarme el vestido puesto. Imaginé que llegábamos a mi casa y él me decía que me esperaba ahí para que no descubriera yo su pene hinchado, rojo, a punto de estallarle. Y yo insistía para evidenciarlo. Le ofrecía un vaso con agua, una galleta, una cogida salvaje en el tapete de la sala de mi casa, sin música ni condón. ¿De qué otra manera podría, alguien apodado «el calavera», cepillarse a una chava de la oficina en horario de trabajo?

Me imaginé canturreando en voz baja, provocándolo con cursilerías, para seguir siendo señorita de alguna manera; pero evitando al mismo tiempo irnos a la cama. Para cogidas en la cama, una tiene marido, sábados por la noche y ropita coqueta. Aún así, le habría pedido que no me quitara el vestido, no del todo. Lo habría dejado sacarme las panties, que las oliera, que se las guardara si quería en una bolsa de su pantalón mugroso; que aventara mis zapatos sin cuidado. Yo sola me bajaría los tirantes del vestido y me quitaría el brasier. Ahí es cuando haría lo que de seguro ahora va pensando mientras conduce: chuparme las tetas, acariciarme el coño, ponerme en cuatro y rozarme la vulva con su verga de diecisiete centímetros: Lo típico en un hombre. Aunque para entonces, yo tampoco estaría para besos y palabritas románticas.

Le rogaría sin poses que me la diera de una vez, que me abordara, que me sintiera por dentro. Y él, arrojado como es para meterse entre los coches, se metería de golpe en mi cuerpo, y yo lo sentiría llegando casi a mi estómago. Apretaría mi vaina, para hacerle fricción, para que le costara entrar y salir. Cogería su falo con cada músculo de mi cuerpo, lo asfixiaría entre mis piernas, me compactaría toda y luego me aflojaría desarmada al sentir que se le ha ocurrido acariciarme el clítoris.

Para su sorpresa, me quitaría de ahí, rompería la formación. Lo miraría tan lleno de vida, con su pene mojado, venoso y palpitante como pandillero de secundaria que han separado a media pelea. No podría haber sido una mujer quien le puso «calavera» a este muchacho, no habría sido yo.

Me tumbaría, boca arriba. No haría falta decirle que tengo una fijación con las flores. Yo, con mis piernas alzadas en el aire dejaría caer mi vestido abierto en mi derredor, como los pétalos de una flor tendida en el tapete de la sala. Y el «calavera» Rodríguez volvería al ataque, a removerme el polen. Y entraría y saldría, entraría y saldría; y el sonido de tanta humedad me parecería gracioso y haría un esfuerzo por no reír, para no desconcentrarle. No me atrevería a que me dejase de atacar, de acuchillarme con esa arma física y sicológica.

Mi risa, en realidad sería de nervios, porque a pesar de todo no podría dejar de pensar. Porque una nunca deja de pensar. Podría sentirme embutida por dentro, podría sentirme morir cuando él se viniera y disparara un balazo de semen en el centro de mi ser. Pero lo cierto es que más que el esperma, el romanticismo y los fuegos artificiales, estaría esperando escucharle gemir para saberlo humano; que por muy calavera que fuera, mi «hombre del momento» era vulnerable en algún punto, que también temía algo, que también sentía la fragilidad del mundo, como me pasa a mí en esos casos.

Regreso de mi ensoñación. Vamos llegando a mi casa. He estado perdida todo el camino imaginándolo, y él habrá creído que estoy siendo indiferente. Me decido a tomar la iniciativa y alzo mi mano para ponerla sobre su pierna. Me arrepiento y la devuelvo a mi regazo. No hago nada, no me atrevo. El calavera Rodríguez se ha deshecho del chicle, está nervioso; y en efecto, tiene una erección de miedo que lo tiene inquieto. Decido no hacer nada. Si no dejo pasar el momento… para la tarde seré la piruja de la oficina.

Me inclino hacia los asientos de atrás para sacar las llaves de mi bolsa. No están en el primer cierre. No están en el segundo. Las hallo en la bolsita pequeña; ahí están… ¡junto a la USB! ¡No la olvidé, aquí la traigo! Me devuelvo para mostrársela al Calavera Rodríguez y lo hallo con el miembro de fuera, brilloso y lúbrico. Se lo soba y me lo muestra, como ofreciéndomelo… más bien como amenazándome. Me aparto de él con violencia, me asusta.

Lo imagino metiéndome a casa, arrastrándome al tapete. Me da miedo que me golpeé, que su fantasía sea descargarse en mí como si fuera un cojín de su sala, que añore matarme pensando en alguien más. Empiezo a temblar, los talones me bailan. Él se da cuenta de mi miedo. Abro la puerta, aunque sé que no podría correr porque no siento control de mis piernas, no estoy segura siquiera de seguir con los zapatos puestos. El calavera se guarda el pene en su ropa, se disculpa y alza las manos en son de paz. Me asegura que de algún modo había entendido que me le estaba insinuando.

Me bajo de la camioneta como puedo. Me escurren lágrimas en la cara. Me he dado cuenta de que no corro peligro, quizá por eso no pueda contener el llanto. Me agacho al piso, me pongo en cuclillas, termino hincándome. Él se ha bajado de la camioneta también y se sienta junto a mí. Lo miro y entre sollozos exclamo: «¿Por qué me haces esto, por qué?». Se lo digo a él, me lo digo a mí; sobre todo a mí.

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