Tres (parte 2)

Esta noche la he dormido muy mal, tanto que no pude completar una hora seguida de sueño. Y si lo pienso creo que no tenía mucho sentido porque yo misma he fantaseado con tener relación compartida con Selma y Julio; no de hoy, desde hace años. Y es que no concibo la idea en un sentido perverso, pues no hay en ella componentes exclusivamente eróticos; más bien la entiendo como la evolución natural de mi existencia emocional.

Selma y yo, desde siempre nos hemos sentido complementarias, como dos piezas de un mismo rompecabezas; somos cada una la imagen de la otra en el espejo. Y siempre pensé que sería por eso que al estar con Julio en la intimidad me sintiera a medias; media yo. Pero ahora que él exigió mi otra mitad, dudé, le he estado dando vueltas a la idea y me he revolcado en la cama hasta el insomnio sin resolverlo.

Aun así, en el camino de regreso de la Ciudad de México tampoco he podido dormir. Finjo hacerlo porque no quiero volver a hablar con Julio del tema hasta estar lista, o tal vez hasta nunca. Quién sabe, me siento confundida.

Hace cinco o seis años que no veo a Selma; que no la veo en persona, porque todos los días entro a su instagram a buscar su foto más reciente y me quedo mirándola, acordándome del olor de sus cabellos ondulados y largos; crespos, como dicen que lo tienen quienes son rebeldes y están destinados a poner a su familia de cabeza. Será la continuación de mi hábito de mirarla llegando a la mitad de la clase, desfachatada, sonriendo y disparándome un beso a lo lejos, provocando burlas, expresiones de asco, aullidos y murmullos que el maestro acallaba golpeando su escritorio, amenazando a los burlones y exigiéndonos mesura a las dos.

No sabía si les ofendía realmente. Les parecía provocativo, porque lo era. Fuera de casa, Selma y yo nos saludábamos con un beso en la boca enfrente de quien fuera; y seguramente había en ello una necesidad de escandalizar, pero era también su manera de decirme que estaba bien, que venía de buen ánimo y que ni el maestro de Fundamentos del diseño ni sus regaños le importaban, como también le valían madre la Bauhaus y la mayoritaria comunidad heterosexual del segundo B de la carrera de diseño gráfico. Y me valían a mí también, se hacían invisibles contra la sensación de alivio de ver a Selma llegando, saber que había sobrevivido otra noche en esa casa violenta de fachada blanca en el 4512, de la irónica calle Virgen.

Aun así, durante años he intentado darle forma en mi cabeza a nuestra relación, porque a nosotras mismas nos cuesta trabajo entenderla.

Poco antes de casarme, dos o tres días antes, Selma me avisó que estaba afuera de mi casa. Me asomé por la ventana, y al principio no la hallé porque ya estaba dentro, había saltado la barda, encontrado una puerta abierta y venía hacia arriba.

Llegó a mi cuarto llorando como una niña, con sus caprichosos cabellos pegándosele a la cara. Me pidió que no lo hiciera, que no fuera a entregarme al altar; que le dijera a Julio que sólo podría casarme con ella. Propuso esperarme afuera de la iglesia de San Diego de Alcalá con el carro encendido; que llegara yo corriendo, vestida de novia con Julio detrás, y nuestros padres y parientes sorprendidos, y subir e irnos manejando a Canadá.

De recordarlo empiezan a brotar lágrimas en mis ojos. Me vuelvo hacia la ventana para evitar ser descubierta. Julio pone su mano en mi cadera y pregunta si estoy bien. No respondo. Julio sigue manejando, pasa su mano de la cadera a mis nalgas… y de ahí cuela sus dedos entre mis piernas. Lo ignoro, lo hago creer que sigo dormida, y es que no puedo detener el flujo del recuerdo, la vividez, la sensación de su cabello en mi mano, el sabor de la sal de su llanto.

Ambas sabíamos que en su lugar yo también me sentiría amenazada, porque empezaríamos a alejarnos, a desincronizarnos hasta inevitablemente perdernos.

Me levanté y fui por una botella de whisky Macallan de las que había dejado papá al irse. Le di un trago, luego ella, y nos sentamos a hablar de nosotras, de la unidad que éramos y seguiríamos siendo a pesar de Julio o cualquier otro hombre que llegara a nuestras vidas. Al final Selma se quedó dormida en mis brazos. La acomodé en mi cama, me senté junto a ella, le alisé sus cabellos amorosamente y la estuve observando durante mucho rato, dándole besos pequeños en todo su cuerpo.

Ya serían las dos de la mañana cuando encendí mi lamparita y me senté a escribir Observada, un cuento que trataba de nosotras; principalmente de ella, de ella y de Julio encontrándose casualmente en un camión foráneo y dejándose guiar por el deseo y la tensión sexual que seguramente se había ido creando silenciosamente entre los dos. Yo era solo la referencia, la esposa, a quien se hace a un lado cuando las cosas empiezan a desdibujarse.

En mi historia, Julio la poseía de un modo en que yo nada podía hacer, era incapaz de impedirlo, incapaz de condenarlo. No tenía remedio, antes de casarme ya había descrito en papel las ganas de mi prometido de cogérsela, la necesidad de Selma de sentir su miembro y recorrerlo con su mano, de sentirlo penetrándole en las entrañas, para de alguna manera conservar la conexión que ella y yo teníamos.

Aunque ya leído en la mañana, el cuento parecía más lujuria que otra cosa. Se lo leí y noté que la había perturbado un poco, no sé si fui poco realista o demasiado. No sentía a Selma más cerca de mí; por el contrario, había contribuido a acrecentar sus temores y la terminé alejando. Fue tan notorio, que al momento me arrepentí de escribirlo y de habérselo mostrado.

Suspiro con fuerza, estoy llorando como una loca y no puedo evitar moquear. He estado atrapada en el recuerdo/sueño, reviviendo uno de los momentos claves de mi vida hasta en el último detalle. Para entonces Julio ha parado el coche a pie de carretera, estamos casi llegando a Maravatío. Sin dejar de frotar mi vulva sobre la ropa me abraza con su mano libre y pregunta si ha pasado algo. No puedo hablar, y aunque pudiera, no sabría qué decirle. Él me abraza más fuerte y añade:

—Si no quieres que hagamos el trío, no lo hacemos y ya.

Lo separo de mí, encuentro su mirada puesta en mí, preocupado, dubitativo. Me quito el cinturón de seguridad y lo abrazo ahora yo, siento su pecho mojado de mi llanto. No es esta la primera vez que me adivina el pensamiento, que me hace sentir que mi soledad es una impresión mía, que me hace envolverme como una crisálida hasta quedar aislada en un momento de dolor, y hace falta entrar en ella para sacarme de ahí; pero él lo hace sin vacilar, sin reclamarme —como seguramente lo habría hecho yo—.

Sin sacar mi rostro de su pecho siento la necesidad de ceder y decirle que no, que está bien, que llegando a Guadalajara la voy buscar para concretar el ménage à trois. La respuesta de Julio es un escueto très bien. Es un guiño, sí, pero neutro, sin emociones ni insistencia. Tomo la manta que he dejado en el asiento de atrás, me bajo el pantalón y me lo saco, igual que las pantis; me tapo con ella y lo dejo hacer su voluntad en mi cuerpo. Sin orgasmos, pero bañada en mi jugo, caigo profundamente dormida antes de salir del territorio de Michoacán.

El asunto con Selma está lejos de quedar zanjado, el daño que nos hice a las dos con mi cuento impuso una pausa entre nosotras y nos sumió en un doloroso silencio que todavía subyace bajo la convivencia social típica y superficial de las chicas que hemos llegado a los treinta y necesitamos demostrar lo bien que nos ha ido.

Despierto ya en casa, con el cabello enredado y la cara deshecha. El coche ya está guardado en la cochera y Julio baja las maletas de la cajuela. A pesar de la oscuridad me mira, se acerca, me arrebata la manta, y mientras él se desnuda abro mis piernas y le pido que me haga el amor hasta hacerme llorar otra vez.

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