El trono de la Reina

Sonó el timbre del recreo y salí del salón corriendo para ganar lugar, y trepar el asta bandera del patio. Yo no era ágil y nunca había estado cerca de despegarme del piso para ver la fuente de la casa de al lado, la que veían quienes eran capaces de subir hasta medio poste; pero yo era persistente y casi siempre intentaba el ascenso. Pero no fui la primera, me tocó hacer fila, y Matiana y las demás sugirieron ir a ver qué hacía Javier en el otro patio.

En sexto de primaria, mi lista de amigos varones era pequeña y poco interesante, porque sólo interactuábamos con niños en los recreos. Y estábamos advertidas de no acercarnos a Javier, el hijo de la psicóloga, a quien en secreto las maestras lo llamaban «Leperito». Nos adverían que Javier trataría de mirar debajo de nuestro jumper o abrazarnos por la espalda, lo que era cierto.

Quizá si no nos alertaran de su peligrosidad, no habríamos ido a buscarlo cada vez que no teníamos nada qué hacer; pero eso sí, íbamos el grupo de amigas completo. Aunque Javier casi siempre estaba jugando futbol o comiéndose su almuerzo, y no parecía representar ningún peligro. Pero otras veces, sin una razón aparente, sentía yo una incomodidad inexplicable, que terminaba al darme cuenta que Leperito me estaba observando del otro lado del patio. Peligroso o no, Javier me intimidaba, y jamás me le habría acercado yo sola; pero protegida en la bola, era la primera en ceder a su poder de atracción.

Esa vez nos propuso jugar a El trono de la Reina. Un juego que no conocíamos, pero que nos explicó con facilidad porque era muy simple. Él se sentaba en la banca muy derechito, ponía sus brazos rígidos simulando ser un sillón, y anunciaba que ya estaba listo el trono de la reina. Ahora había que esperar a ver quién de nosotras se animaba a ocuparlo, y cuánto tiempo podía aguantar sentada ahí, sobre él y sobre su pene. La que durara más sería la verdadera reina. Decían que a Javier ya se le paraba, porque tenía la estatura de un chico de secundaria; y aunque todas teníamos ganas de sentirlo contra nuestro cuerpo, ninguna quería ser la primera.

Javier me miró y sin decirme una palabra me acerqué, intuí que algo me querría decir. Se aproximó a mi oído y en voz baja me dijo que yo debería ser la primera, porque estaba lista, porque él sabía que mi afición por trepar el asta de la bandera del colegio era para provocarme sensaciones entre las piernas. Desconcertada lo miré, me sentí atrapada y sin idea de qué responder. Me volví a ver quién lo había escuchado, pero había sido discreto. Las chicas estaban ocupadas empujándose unas a otras, evitando ser la primera pero quedando a modo para serlo.

Sentí muchísima vergüenza. Jamás había podido ascender medio metro en el asta de la bandera, pero era cierto que desde hacía mucho tiempo, al salir al recreo corría al poste e intentaba treparlo sin la menor intención de llegar hasta arriba. Me motivaba sólo la sensación de la fricción al descender; era única, y había sido enteramente mía hasta ese momento. Después de subir todo lo que era capaz, apretaba mis piernas en torno del tubo con todas mis fuerzas y empezaba a bajar; y por un instante sentía que explotaba hacia adentro de mí, que implotaba. Mi consciencia se iba del colegio y del mundo en una especie de pequeño desmayo, en un adormilamiento que terminaba cuando tocaba el piso con la cara de mis zapatos, que estaban siempre raspados porque no preparaba el aterrizaje, porque no era importante eso ni nada más.

Traté de negarlo, de hacerme la tonta. Pero Javier, sin la menor intención de evidenciarme, me explicó que él veía la expresión de mi cara cuando lo hacía; y conocía bien esa sensación porque se la procuraba en las tardes en su casa. A mi pena se añadió un sentimiento fraterno. Las cosquillas en mi vulva contra el asta eran mi única verdadera posesión, mi único secreto, constituían el más íntimo reducto de mi yo, y ahora lo compartía con un niño, no con mis amigas; y vaya niño, era el mismísimo Leperito al que hasta las maestras le sacaban la vuelta.

«Ponte de trono». Le ordené. Javier se sentó y colocó sus brazos en posición, personificando a la perfección El trono de la reina. Mis amigas enmudecieron. Sin vacilar me senté sobre él. Javier empezó a menearse y yo a sentir la piel de mi espalda poniéndose chinita.

En el pasado había sido una víctima más o menos frecuente de los abrazos por la espalda de Javier, y sabía que después del abrazo seguiría el empujón de su pelvis contra mis pompas. Pero nunca había sentido el aguijón de su pene. Decían que era casi un muchacho, pero yo no lo había dado por hecho hasta ese día, en que había hablado conmigo, en mi idioma; y me había hecho sentir parte de algo, que podía tener un lugar en este planeta.

Soporté el insistente bamboleo, pero no pasó mucho tiempo cuando el timbre sonó. El recreo había terminado y la maestra de guardia llegó al patio para hacernos volver al salón. Yo aún estaba trepada sobre Javier, sentía su pene de secundaria debajo de mí; y él, que seguía moviéndose, me decía al oído que no me quitara de ahí. La miss con firmeza le ordenó detenerse, yo me asusté y traté de ponerme de pie; pero él me rodeó con sus dos brazos a la altura del estómago y me apretó, desafiando a la maestra y haciéndome sentir el cenit de su erección. Javier había cumplido su promesa de ofrecerme el trono de la reina, y yo lo había ocupado.

Cuando me levanté del trono la maestra se alteró porque el pene enhiesto de Javier era inocultable debajo del uniforme; y porque había eyaculado y me había manchado un poco el jumper. Nos llevaron a la dirección, me hicieron mil preguntas. Mandaron llamar a su madre, le marcaron a la mía. La sicóloga y yo tratamos de reducir el evento a un simple juego, pero las maestras no podían evitar criminalizarlo todo.

Semanas después me enteré que Javier había regresado de la suspensión que le habían impuesto, porque sentí su mirada inquietante desde el otro lado del patio del asta bandera. Y lo vi mirándome mientras descendía, mientras sentía el poste entre mis piernas; frotándome, haciéndome temblar en el alma, haciéndome poner esa cara que él reconocía bien, porque éramos léperos los dos.

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