Arena negra en mi boca

No había prácticamente nadie en la playa, y aun así debíamos caminar manteniendo alguna distancia. Con sólo darnos la mano atraíamos la atención de la gente como si fuéramos con los senos al aire. Estábamos lejos de casa, pero me sentía vigilada y me frustraba tener que darle importancia a personas que ni conocíamos.

Pero Lulú tenía razón, todos se desvanecían apenas cerrábamos la puerta del búngalo.

Habíamos llegado a la playa un martes a finales de abril. No eran vacaciones, eran días de escuela pero mis padres necesitaban mi ausencia para reñir a sus anchas y seguramente negociar los términos de su separación; como si hubiera una fortuna que pelear o repartir.

Apenas bajamos del coche, mi papá me entregó las llaves y le extendió un sobre a Lulú con dinero para los gastos de las dos. Me dio un beso en la frente, me dijo que todo iba a salir bien, trepó al carro y se fue. Nosotras arrastramos las maletas escalón por escalón.

El búngalo era una casa bonita, aunque algo envejecida. Tenía las paredes amarillas y las puertas en azul turquesa, una terraza enorme con muros altos que nos aislaban del mundo; y lo mejor era que quedaba a dos calles de la playa. Nunca había estado allí antes, la casa era de un hermano de mi papá; sin embargo mi memoria se llenó de ella como si fuera nuestra desde siempre, como si hubieramos seguido allí desde entonces.

En las tardes, después de lavar los platos y ollas de la comida, Lulú y yo nos apurábamos al malecón y nos sentábamos a platicar en la playa; aunque pasábamos más tiempo en silencio, escuchando y mirando las olas chocando.

Cualquier idea de mi futuro que llegaba a mi cabeza, lo imaginaba con ella, juntas las dos en esa misma playa, con esa misma luz. Soñaba mi mundo así, sin gente, pero en otro momento de mi vida, uno menos dramático.

El agua venía y nos mojaba las piernas. En ocasiones llegaba con más fuerza y nos trepaba arriba de la cintura; entonces rompíamos el silencio y entre gritos y risas nos poníamos de pie y corríamos a las palapas. Mientras, la arena, casi negra, se nos iba amontonando incómodamente en el bañador. Esa era la primera parte del juego, la fastidiosa, la que nos hacía quejarnos al caminar de camino al búngalo, sufrir y burlarnos la una de la otra.

Ya de regreso salíamos a la terraza, nos sacábamos el traje de baño de una sola pieza; y así como alguna vez llegamos al mundo, una se tendía en un camastro, mientras la otra, con una jarrita de agua le tumbaba la arena del cuerpo. Enseguida, había que concluir la limpieza con las manos, con los dedos o la boca, recorrerla hasta terminar con los labios hinchados de sal y con la lengua sedienta de sexo.

La arena se perdía en la piel de Lulú. Aunque de repente también brillaba, como las monedas de un tesoro regadas entre los pliegues de su vulva. Se ocultaba en el vello ensortijado de su pubis, y de ahí la iba sacando yo, rastrillándola con mis dedos, lengüeteando en sus deliciosos y oscuros labios con forma de orquídea, nocturnos, como la arena de aquella playa de Colima.

Aunque la piel de Lulú solía ser mucho más suave. Mucho más suave por fuera, porque al explorarla con mis dedos había hallado una sección mágica de una aspereza similar; y era tan sensible al tacto que me hacía pensar que ahí dentro, contra su pelvis, podría palpar su alma con las yemas de mis dedos y frotarla hasta hacerla olvidar a Beto para siempre.

Cuando llegaba mi turno de tenderme en el camastro, abría mis piernas para ofrecerle mi coño de manera incondicional. Intentaba poner mi mente en blanco para experimentar, desde la nada, el par de orgasmos que ella me provocaba, uno casi encima del otro; era como un tartamudeo sexual, aliterado, como un par de corrientes encontradas. Y me quedaba ahí, inmóvil, apenas respirando, con la esperanza de seguir a merced de sus dedos. Si era martes, el teléfono sonaba y era mi madre, que preguntaba por mí, por ella y por todo. Lulú recibía indicaciones, asentía o respondía con monosílabos, en ocasiones hilaba más de dos palabras, pero sin dejar de frotarme o penetrarme de poco a poquito con su rechoncho pulgar izquierdo.

Una mañana, durante nuestro recorrido en el mercadito, a donde íbamos a comprar verduras y pescado, Lulú empezó a exagerar la distancia que nos mantenía a salvo de miradas y comentarios. De repente ya no íbamos juntas, ella venía atrás de mí, cargando las compras; y yo —sin darme cuenta—, iba en el rol de mi madre del miércoles por la mañana, escogiendo verduras, negociando el precio, cerrando el trato y dejando atrás a la empleada doméstica.

Me sentí mal. Ésa no era yo, ésas no éramos nosotras. No entendía lo que trataba de hacer; lo que me quería decir con eso. Me detuve justo ahí, la esperé, y cuando estuvo a mi alcance le puse una mano en una teta, sobre la blusa, casi abarcándola; con mi brazo libre la rodeé y la besé en la boca, frente a los pescaderos, vendedores de verdura y vecinos. Lulú reaccionó tensando el cuerpo, poniéndose rígida como un palo. Se aferró a la bolsa de las compras y la pegó contra su pecho, como si así pudiera hacerse invisible.

De vuelta a la privacidad de la cocina conocería a la adulta Lulú, la que podía callarme y hacerme escucharla, la que súbitamente —y a pesar de ser casi de mi edad— veía todo con la claridad de un obispo: mis sentimientos, inválidos por adolescentes; mi lesbianismo, inofensivo y pasajero; mi destino irrenunciable con un tarado del colegio, de apellido compuesto y de piel color arena de Cancún.

La dejé hablando sola. Me encerré en mi cuarto y ahí estuve, evitándola, desoyéndola llamar a la puerta, traer la cena. No podía abrirle, me sentía dolida. Dejé de comer para cargar mis ayunos en su conciencia. Aunque en la noche, cuando Lulu dormía, abría la puerta e iba a la cocina, sigilosa, llenaba una botella de agua natural, tomaba dos o tres galletas y volvía a mi prisión.

La cuarta noche dejé la puerta mal cerrada. Lulú entró cuando ya estaba dormida, me abrazó por atrás, y desperté pero no hice ni un ruido, me quedé inmóvil sin saber qué hacer. Así permanecimos no sé por cuánto tiempo. Levantó mi cabello con una mano y empezó a besarme la nuca. Me dejé hacer. Sentí sus lágrimas bajando por mi cuello, su respiración cortada por sus sollozos ahogados. Quise darme la vuelta y abrazarla, besarle los brazos, pedirle que me cogiera con sus pulgares, que sumergiera sus uñas recortadas y amarillas, y con ellas me arañara por dentro para sentir otro dolor intenso; pero yo seguía enojada, sentida, con ella, con mis padres, con el mundo y conmigo misma. No pude hacer nada, sólo dejar a mi pecho hincharse para suspirar.

Al día siguiente mi papá volvió por nosotras. Dejamos el búngalo e hicimos el viaje a casa sin hablar, sin mirarnos siquiera. Nunca me dijo por qué se había comportado así. No hubo ocasión de hablar del tema porque la confianza entre las dos no volvió a ser la misma.

Al regresar a la ciudad, el mundo —el mío— había cambiado por completo. Apenas terminó la quincena y Lulú ya había empacado sus cosas para irse a encontrar a Beto a Tijuana. Le pidió a mi madre el dinero que le tocaba y se fue; nos dejó. No nos dejó, me dejó a mí, profundamente sola.

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