El demonio que se mete en mi cama

No podría asegurar quién fue… o qué. Aunque la sensación volvió una semana después, también en la madrugada. Ya estaba dormida, no había bebido alcohol ni tomado nada que pudiera provocarlo. Apenas cenamos y Julio y yo nos fuimos a acostar temprano.

Mi primera sensación consciente fueron los jalones en el pantalón de mi piyama de franela, primero hacia abajo, tratando de sacármelos; aunque luego se hicieron más violentos como intentando romperlos. Su fuerza era tremenda, para quedarse helada del miedo; aunque al mismo tiempo en que estaba ligeramente consciente, seguía dormida y soñaba.

Soñaba a un hombre que me abrazaba por detrás. No veía su rostro, mas yo había asumido que era atractivo y rojo. Tenía un olor especial, no rico ni desagradable, solamente especial, fuerte. Me aprisionaba en sus brazos que se sentían enormes y llameantes. Susurraba en mi oído de una manera que no alcanzaba a entender, pero su voz y sus palabras jugueteaban en mis orejas y entraban en mis oídos de un modo físico que me estremecía sensualmente.

Yo forcejeaba; ofrecía resistencia pero no sentía miedo… o sería una manera distinta de temor. No era la sensación de encontrarte caminando en una calle oscura con alguien viniendo directamente hacia ti. No sentía enojo ni repulsión. En mi parte consciente descubrí que mi intención no era liberarme, sino que estaba buscando hacer contacto con él, sentirlo contra mi cuerpo, descubrirlo.

La primera vez que vino había sido sigiloso. Una especie de presencia silenciosa que fue llenando nuestra recámara hasta hacernos sudar.

Sería ilógico decir que lo esperábamos, pero de alguna manera el ambiente se había venido preparando desde antes; como las estaciones del año que van entrando y entrando, y se sienten a veces, en el ánimo, en los huesos o en el sexo.

Me desperté y encontré el olor en el ambiente. Julio se movía rítmicamente sin dejar de roncar, gemía, balbuceaba.

Me pregunté si la presencia estaría teniendo sexo con él. Deseé que sí, que lo hiciera lamerle la verga, que le llenara la boca y la garganta con ella hasta la asfixia, que de repente le metiera un pulgar entre las nalgas y que incendiaran juntos nuestra cama matrimonial en una ola nuclear expansiva.

Me excitó de muerte imaginar a mi marido sometido, bocabajo, esperando dócilmente la intrusión en su cuerpo, rogando que sus «sís» fueran sí y sus «nos», no; proponiendo palabras de seguridad para no pasar las noches siguientes despertando en medio de un sudor helado, temblando, dudando si «la cogidita» inocente en el fondo había sido violación.

Me sentí malvada, demoníaca, poderosa y metí mis dedos entre la pierna hampona de mi short. Hice a un lado mi calzón y empecé a masajearme el vello recién podado, acaricié mi vulva con dos dedos, haciendo círculos y sintiendo a Julio moverse en la cama y gimiendo, escalando su intensidad; pidiendo paz, engarrotando sus piernas para resistir, como cuando se corre, conmigo a horcajadas y decido seguirlo cabalgando.

Fuera lo que fuera, aquella noche había venido con él y lo había encontrado. Era real. El intenso olor a semen que flotaba en la habitación lo delataba, los ponía en evidencia a los dos.

Pero esta vez vendría conmigo. Aunque no fue tan fácil, llegó cuando quiso. No fue a la noche siguiente ni a la otra. Vino cuando ya no lo esperaba, cuando había agotado las bragas lindas y las piyamas finas, y me agarró en un conjunto de franela del Sam’s.

Llegó él, habitándome desde dentro, como un fuego microscópico que se encendió en el centro de mi cuerpo y fue tomando el control de mis pensamientos hasta hacerse crepitar en mis lugares erógenos; y de ahí hacia afuera, recorriendo mi piel, erizándola, haciéndola transpirar, encendiendo mis pechos, llenando mis mejillas y mis brazos de rubor.

Para cuando estuvo físicamente aquí ya había penetrado en mi sueño, y empezó a comerme el sexo como quien se pierde en una fruta, metido hasta la nariz y urgándola por dentro con una lengua larga, firme e indecente.

Se acostó junto a mí, entre Julio y yo. Me acomodé de lado, dándole la espalda, ofreciéndole mis nalgas. Me hice bolita sacando mi trasero para sentirlo, para rozar su pene y medirlo. Eso siempre es emocionante. Pero sentí otro jalón en el pantalón, más fuerte. Otro, aún más violento que hizo sonar la tela desgarrándose y me puso boca arriba, dejándome la pretina herida, hasta los muslos.

Sabía que estaba dormida en algún nivel, pero sentía que los jalones sucedían en la realidad, como también percibía a mi cuerpo, reaccionando, preparándose en automático para el coito. El estímulo de ese pene tan duro haciendo presión entre mis nalgas humedecía mi entrepierna con rapidez.

Trepó mi cuerpo con una sutileza mágica. Era un hombre enorme, mas parecía carecer de gravedad. Rozaba apenas mi pubis, se mecía sobre mí como flotando en el aire, y lo sentía a través de mis calzones de algodón. Vino otro jalón más y cedí. Levanté mis nalgas para dejar que terminara de desnudarme de la parte de abajo, y abrí mis piernas sin importarme dejar una sobre Julio.

Sentí las yemas de sus dedos acariciando mi piel, quemándola, abriéndose paso entre mi vello, desde el monte de venus hacia abajo, recorriendo suavemente los labios de mi vulva al mismo tiempo. Flexioné un poco mis piernas para dejarlo hacer y él se detuvo, quizá para remojarse los dedos en el fogón de su boca; y volvió a ellos. Los prendió de algún modo y empezó a estirarlos, despacito, susurrando en mi oído una lasciva melodía que de alguna manera yo conocía y terminaba en mi mente rimándola con mi nombre.

Era un sensación hipnótica, ritual y trascendente que parecía no tener principio ni fin. Hurgando en mi biografía me fue llevando de lo emocional a lo físico, de lo hermoso a lo avergonzante: del amor intenso e incondicional en las tardes cuando me entregaba a Lulú, a una caída libre e interminable a la lujuria, a la versión más puta de mí. Alicia la de los labios hinchados, la del dolor en las ingles, la de las pruebas de embarazo, llorando, a la hora de la comida. Alicia, lavando de emergencia la falda nueva en el baño de la oficina, yéndose a casa después de todos por si el semen decidiera escurrirse en mis piernas al caminar. En fin, yo, excitada, una y otra vez.

Y ese colorido crisol de imágenes tan distintas, pero iguales, caía sobre mí, en mi cama, como un vitral erótico que nunca he visto por vivir metida en él.

El demonio empezó a copular conmigo aun antes de empezar, aun antes de las caricias; quizá en los susurros, con el falo de su voz grave y rasposa que desvirgaba cada célula de mi cuerpo y me hacía desearlo más, entregarme a nivel molecular o espiritual, no sé. Quise abarcarlo en mis brazos, besarlo, ofrecerle mis senos para hacerlo beber de ellos, bautizarme en su semen y jurarle sumisión; entregarle mi alma lúbrica, terriblemente obscena, envuelta en los pétalos de mi coño.

El susurro empezó a hacerse más corto y definido, más nítido y monótono: «¿Cómo te llamas, hermosa?», me dijo. «¿cómo te llamas?». Intenté decirle mi nombre, pero mi boca no me respondía. Sería porque al mismo tiempo quería evitarlo, porque aún me quedaba algún sentido de alerta o de supervivencia.

Él me frotaba haciendo más presión en mi vulva, chapoteaba en mi humedad y ahora sentía más de cinco yemas ocupándose de mi sexo, y otras tantas frotando y haciendo punciones y bajándome por la espalda hasta llegar a mi grupa y hacerme sentir manoseada enmedio de una orgía tumultuosa. El susurro se había vuelto exigencia y los jalones volvieron, ahora en la chaqueta de franela, cuyos botones salieron disparados, rebotando en el piso de madera de la habitación.

Estaba atrapada. No podía despertar, aunque tampoco quería hacerlo. Le decía mi nombre, pero mi voz no salía de mi garganta.

Fue tan extraño, el demonio tomó mis pechos en su manos sin dejar de frotar mi vulva y mis nalgas. Trataba de despertar para enfrentar su mirada, para saber si era un hombre o varios que sin avisar había/n empezado a penetrarme.

Era más que el pene de alguien, era una masa gorda e irresistible que se iba abriendo camino en mi interior, y aun aprisionada seguía creciendo, ensanchándose y entrando, tensando mis entrañas y produciéndome un dolor tan intenso que me hacía clavarle las uñas de placer en la espalda al demonio maldito que me tenía empalada, sollozando de esa sensación carnal impúdica e irracional que sólo me alcanzaba para exclamar «Ay, Dios. Ay, Dios.

¿Cómo ese cipote que me hacía daño hasta el desgarro podría estarme retorciendo de gozo? ¿Cómo podía extenderse en mi vagina hasta llenarla, como una polla líquida, hasta colmarla y frotar y accionar los botones de placer que ni siquiera sabía que pudieran existir?

Por fin escuché su voz. El demonio ya no estaba susurrando. Volvió a su pregunta «¿cómo te llamas?», «¿cómo te llamas?». Sin sacar su polla de mí, jaló mis piernas y me arrastró al borde de la cama como en una película de posesión diabólica. En una sola maniobra y con su miembro aún clavado hasta el fondo, me hizo girar hasta hacerme quedar boca abajo con la cara pegada al colchón. No había alcanzado ni acomodar los brazos cuando empezó a embestir sin tregua de una manera paranormal, como un taladro, como una pistola que no deja de percutir. No la sacaba para volver a entrar, no tomaba aire ni ritmo, me estaba asfixiando.

Solté el cuerpo un instante, reuní mis fuerzas y al fin grité: ¡Alicia!

Entonces paró.

Me fue sacando el pene poco a poco. Tomé una bocanada de aire e instintivamente estuve a punto de decirle que esperara, que la volviera a meter porque aún no había terminado; estaba ardiendo por dentro, pero no iba a invitarlo a que terminara de partirme en dos. Me quedé quieta, inmóvil, salvo en los labios de mi vagina que palpitaban de la hinchazón. Eso y el temblor en los músculos de mis piernas y pelvis del esfuerzo de contener y contener.

No le vi la verga, me daba incluso miedo por lo interminable que se sentía. Al terminar de sacármela, eyaculó entre mis nalgas, me dijo al oído «ya me voy, Alicia. Nos vemos pronto». Y se fue.

Desperté con la respiración a mil por hora. Julio roncaba y yo estaba efectivamente desnuda, asustada y muy excitada. No podía volver a dormirme, al moverme sentía correr la esperma hacia mi espalda y bajando por el perineo. Tomé una muestra con mis dedos, olía a la simiente de cualquier hombre. Me lubriqué los labios con ella y la estuve saboreando con la lengua. Me tape toda con una cobija y debajo de la ropa de cama busqué la mano de Julio.

Tomé uno de sus dedos regordetes y empecé a frotarme contra él. En algún punto Julio despertó. Me montó, abrió mis piernas adoloridas y con su miembro, más adormilado que enhiesto, terminó el trabajo que el demonio había iniciado.

Sólo entonces volví a quedarme dormida.

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