Selma, Nicklas y yo

Hubo un tiempo en que solía chatear con una amiga, a escondidas, en las noches y con las luces apagadas.

Cuando mis papás ya estaban dormidos, subía mi laptop a mi cuarto y me conectaba. Nos metíamos a esos chats viejitos de Terra o Yahoo, no me acuerdo de qué eran, pero ya nadie los usaba y esperábamos a que alguien entrara a conquistarnos.

Acabábamos de entrar a la prepa, estábamos en primero, y conocimos a un chico que era fanático del hockey. Yo sabía que ese deporte existía, claro, pero nunca conocí a algún fanático en México.

Su alias en el chat era Nicklas Lidström, el nombre de un jugador danés o sueco; no me acuerdo de eso, pero el nombre aún me pone chinita la piel. Mi alias era el nombre de mi madre, porque había creado mi cuenta con su nombre y su credencial de votar en la mano, por si me pedían más datos para comprobar mi mayoría de edad, la que no tenía.

El caso es que Selma mi amiga, y yo, nos divertíamos horrores platicando con él y los demás. A veces ella entraba con mi cuenta y yo con la suya, y reíamos como lelas de leer lo que la otra escribía en los chats a los enamorados, que más bien eran calientes trasnochados… como nosotras.

Nicklas nos contaba cosas provocativas que decía estar haciendo en ese momento y nos incitaba a decír lo que hacíamos nosotras, pero nunca teníamos que responderle, porque no teníamos idea de nada. Ella y yo habíamos tenido nuestros cachondeos en mi cuarto, y yo por mi lado, pero nunca con la audacia de Nicklas que nos dejaba siempre de una pieza.

Me sentía novata entre las novatas. Empecé a leer escenas eróticas en los libros de los estantes de mi abuela para saber qué decirle; y sin darme cuenta me fui metiendo en mi personaje hasta que me enamoré de él.

Como era lógico, teniendo un papá como el mío, la cámara de mi lap estaba clausurada con cinta gris, de esa que no se quita, nomás por si las dudas; pero yo empecé a conectarme con una blackberry que él mismo me compró, producto de la culpa y la vergüenza de saberse descubierto entre las piernas de otra mujer.

Sería mi necesidad de evasión la que me hizo dejarme hipnotizar, pero en cuanto Nicklas se enteró de mi webcam empezó a pedirme que hiciera cosas frente a mi smartphone; y yo a obedecerle.

Me llamaba MoraAzul cuando quería algo de mí. Yo amaba cuando me decía así aunque sólo fuera para pedirme que le mandara fotos de mi cuarto y de mi clóset, fotos mías de cuerpo entero, en ropa interior. Yo accedía siempre, modelaba para él, me frotaba contra los almohadones aniñados y me tocaba sobre el algodón de mis bragas hasta dejarlas empapadas.

Entonces quiso saber a qué olía mi sexo, me hacía sacarme los calzones y olisquearlos para él, probarlos obedientemente con la punta de mi lengua. Pronto quiso que me quitara la ropa y que me tocara frente a él. Me dominaba con sus insultos a mis senos de niña, a mis piernas flacas y descoloridas, a mis nalgas sin chiste; y sobre todo a una moral fingida que decía que yo tenía, que lo hacía sentir superioridad sobre mí, que le permitía hablarme fuerte, castigarme y exigirme usar para él juguetes sexuales.

Yo todavía tenía muñecas en mi cuarto, ¡de dónde iba a sacar dildos y bolitas chinas! Aunque, siendo honesta, alguna razón tenía Nicklas, porque era cierto que exageraba mi personaje virginal.

Hacía ya algún tiempo que había normalizado bajar en las tardes a la cocina a robarme las calabacitas para frotarlas contra mi sexo y eventualmente —cuando eran muy delgadas— introducirlas apenas en la entrada de mi vagina, como quien chupa una fresa; o bajar el pasamanos de la escalera cadenciosamente montada en una toalla cuando no había nadie en la casa, hasta sentir que perdía la consciencia.

Pero esos métodos eran míos, de Lulú y míos; ni siquiera Selma cabía en ellos y no podía compartirlos con un hombre, por mucho que lo amara.

Nicklas se ofreció a mandarme algunos artículos por paquetería, penes de plástico, ropa interior de prostituta, cosas que empezaron a incomodarme y me alertaron cuando pidió mi dirección para hacerme el envío.

Me negué, una y otra vez.

Traté de compensarlo parándome frente a la ventana abierta de mi recámara, mostrándole cómo levantaba mi falda hasta la cintura, y enseguida yendo de la primera posición de ballet a la cuarta en haut. Cuando volví a la pantalla del teléfono lo vi masturbándose, con las piernas extendidas y tensas y resoplando. Me llamó Anna y me pidió que volviera a la ventana. Lo obedecí y él siguió en lo suyo.

Su pene era largo, no se veía tan gordo pero sí muy largo como un lapiz. Su mano era grande y aun así parecía hacer un recorrido largo. Lo imaginé en mi mano subiendo y bajándole esa capa de piel que lo cubría. Seguí haciendo las posiciones básicas de baile, sintiendo en mi imaginación su pene metido en mi cuerpo como la zanahoria con que Lulú me hizo llorar, la vez que provocó un orgasmo en la vagina.

Repentinamente Nicklas eyaculó sonoramente sobre su pierna. Y volvió a llamarme Anna. Entonces me pidió mi domicilio otra vez, y le dije que no.

Por algún motivo ser Anna y dejar de ser MoraAzul lo acercó a mí más de lo que esperaba. Me buscaba varias veces al día, no le importaba la hora. Debí dejar apagado el Blackberry por temor a que alguien en casa lo contestara.

Una noche me dijo que en lugar de juguetes sexuales tendría que magrearme con mis muñecas. Otra vez le dije que no.

Eso pasaba una línea de respeto que nunca imaginé que existiera, respeto por mí, por mis muñecas y mi pasado, por la niña que había sido. A mi negativa vinieron más insultos velados, exhibiciones de sus genitales en la pantalla. No sabía si era premio o castigo, la única certeza era que MoraAzul no existía ya en su cabeza.

Siempre pensé que era lista, quizá no brillante, pero sí lista. Pero al menos con él no lo fui tanto. Entre una noche y otra, entre sus historias y el cibersexo que sosteníamos casi todos los viernes en la noche, le había ido dando santo y seña de mi vida, mis rutinas, la colonia de mi casa, las calles, todo.

Incluso, una vez me hizo describirle mi casa, y como mi cuarto daba a la ventana, fui dándole detalles de la casa de enfrente que estaba muy bonita y donde vivía una señora menudita, con el cabello muy claro y muy sonriente. Me encantaba verla regando su jardín porque imaginaba que podría ser yo misma dentro de diez o quince años. Ella estaba casada con un político, de esos poderosos, y tenían tres hijas.

Le había dicho que tenía diecinueve, pero creo que pudo darse cuenta de que era una mocosa de quince. Para entonces hacía meses que habíamos dejado de incluir a Selma. Le decía que me daban flojera esos chats de señores, que usáramos facebook o simplemente que ya no me calentaba como antes. Pero era mentira. Empecé a maquillarme los ojos para tapar las ojeras que se me hacían por no dormir mis horas.

Me tocaba para Nicklas en el blackberry, me quedaba tendida en mi cama tocándome, removiendo mis labios con un dedo como él hacía en su prepucio cuando quería sorprenderme diciendo que aún podía aumentar más sus erecciones. Me masturbaba tanto, y lejos de agotarme de ese ritmo, me le iba encima a Selma cuando nos quedábamos solas en la escuela. Ella era la continuación de todo mi mundo prohibido, sobre todo después de que perdí a Lulú.

En ese tiempo, tener una relación abierta de amor fraterno y de sexo con otra mujer era la base de mi equilibrio. A ella le gustaban mis piernas flacas; y nomás de imaginarla mirándolas, me vestía de falda otra vez y la sentaba conmigo en el salón, hasta atrás, para abrirle mis piernas, para sentirla sobre mis bragas hallando mi clítoris y jugando con él hasta hacerme reír de no poder más.

Una vez Nicklas andaba en la ciudad y quiso venir a casa a verme. No le importaban mis padres, ni la policía; él estaba resuelto a brincarse una barda si había que hacerlo.

La noche que anduvo por aquí yo no me había conectado al chat. Me llamó al blackberry, que por casualidad había dejado encendido y me pidió mi domicilio. No se lo di, por supuesto; el número nunca se lo di. Empezó a hacer su juego de decirme cosas lindas, a ponerme a tono con sus frases sensuales. Yo ya estaba en piyama y metida en la cama; pero era tanto lo que yo lo quería… o estaría ya tan obsesionada con el sexo, que le di gusto. Me levanté, me quité la piyama, empecé a tocarme para él, para que me mandara besos —porque me mandaba un beso para cada uno de mis pechos— y eso me encantaba.

Entonces me pidió el número de la casa de nuevo y volví a negarme. Me dijo que no importaba, que ya estaba aquí. «Ábreme la puerta, Anna», me dijo. Me quedé helada. Colgué el teléfono.

Volvió a sonar y rechacé la llamada. Llamó de nuevo y respondí. Me llamó por el nombre de mi mamá, y me ordenó que le abriera sin hacer ruido. Me negué y amenazó con brincarse una barda. Le colgué, estaba muy asustada.

Me asomé por la ventana tratando de evitar ser vista y lo vi metido en un coche. No alcanzaba a verse, estaba muy oscuro, pero ahí estaba él, llame y llame y llame. Mi blackberry ya estaba silenciado, pero podía ver su insistencia.

Nicklas se bajó del coche. Estuvo tanteando la barda durante algunos momentos, y como si fuera un gato trepó la barda de mi vecina sin ningún esfuerzo. Me siguió marcando. Mandó un mensaje ordenando que me asomara a la ventana, pero yo ya estaba ahí, inmóvil, en el borde, pero en la casa de enfrente. Empezó a gritarme desde ahí, ¡Anna, Anna!

Se asomó la vecina por el balcón, muy hermosa a pesar de la hora y de la oscuridad, con su cabello recogido y con su bata, tan elegante como siempre. Nicklas, pensando que ero yo y que había salido a recibirlo, terminó de brincarse.

Se encendieron las luces de la casa. Se escucharon gritos.

Nicklas Lidström salió otra vez por la barda, pero ahora como si fuera atleta de salto. Se subió a su choche y arrancó. El marido salió hasta la calle echando balazos en el aire. En tres minutos nos llenamos de patrullas.

Al día siguiente en los pasillos de la prepa, Selma y yo no parabamos de reír. Era gracioso, me daba risa, pero no se me bajaba el susto.

Volvimos a hablar del tema, años después y ya no nos dio risa. No es que me haya convertido en mi vecina —me han de faltar unos diez años—; pero era evidente que me había enamorado de un fantasma, uno de carne y hueso capaz de pararse en la barda de mi mundo íntimo, saltar y alterarlo para siempre.

No recordaba esta historia hasta el domingo, que se la conté a un amigo.

Tengan cuidado, chicas.

P.D. Sorry, Selma. Al final sí lo escribí. Te quiero.

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