¿Quién mató al gato?

Reconozco mi curiosidad. Siempre me visualicé así, gatuna, con los ojos muy abiertos, esperando que todo pasara por ellos. Desde que tengo memoria me recuerdo investigando en los cajones y gavetas de la casa o con mi abuelita.

Me gustaba escuchar a los mayores e intentaba entender sus conversaciones, que llegaban en oleadas que en ocasiones traían frases sencillas, otras muy difíciles; y a veces sólo risas. Solía pasar junto a ellos para escucharlos hablando de mí, de esa vocación de indagadora que ya tenía y que siempre alguien terminaba rematando con la frase: «la curiosidad mató al gato». Y sigilosa, como siempre he sido, me iba a seguir hurgando en la casa donde estuviéramos. No tenía preferencias especiales en mis hallazgos, bastaba con darme cuenta de un detalle que hasta entonces me hubiera pasado por alto.

Supongo que fue justamente así como un día reparé en los hombres; no en lo particular, sino así, como género. Me habían llamado la atención desde muy chica, porque me parecía evidente que eran distintos a mí. Miguelito es un primo de mi edad con quien convivía poco, porque él no era curioso, sino llorón y chiqueado.

Un día mi abuelita lo estaba peinando en el baño, con la puerta abierta. Íbamos a ir a misa y él lloraba porque quería quedarse a jugar. Yo los escuchaba a pocos metros, y oí cuando lo comparó conmigo, porque yo no hacía esos berrinches. Nos comparó, y de algún modo, lo sentenció. —Se te va a caer el pajarito si sigues así de chillón—. Yo no entendí a qué podía referirse, pero mi primo recrudeció su llanto. Debía ser algo terrible, y yo necesité saber qué pajarito era ése que seguramente yo no tenía.

Me parece estúpida toda esa teoría de nuestra envidia por el pene, porque al menos yo, nunca tuve ganas de tener algo colgando entre las piernas. Pero la curiosidad que nació en mí desde aquella primera mención, creo que me va a acompañar hasta la sepultura. Como dije, siempre me sentí gatuna, curiosa, y hasta el término me suena femenino. Al pajarito, por el contrario, lo encuentro sumamente viril. Miguelito podía estar trepado en los árboles toda la tarde, porque de algún modo era ave; y si yo lo intentaba, era para escandalizarse. Justo como el día que el gato se trepó al árbol y mi primo lo acusó gritando, como si ese gato fuera yo. Hubo necesidad de suspender la reunión de adultos allá adentro, y venir con una escalera altísima para treparse a rescatarlo.

¿Qué le rescatan —me preguntaba—, si el gato es más ágil, más fuerte y más veloz que cualquier pajarraco? El gato habría caído de pie, y se hubiera vuelto a subir de sentir la voluntad de hacerlo; mientras que mis tíos, pasarían otra hora echando «volados» a ver quién se subía. Entonces pensé que podrían ser ellos quienes necesitaban debilitar al gato de alguna manera; evitar que éste se comiera al pájaro de Miguelito o el de cualquiera de ellos. Definitivamente eso no pude pensarlo siendo tan pequeña. La memoria y la conciencia se funden entre sí con los años, y no vale la pena apostar sobre cuándo vino tal o cual idea.

Lo cierto es, que sin ser feminista, ahí encontré el eje que me conectaba con mi propio género. Mi mamá, mi abuelita y mis tías, eran mujeres igual que yo: curiosas, gatunas, ágiles y potenciales devoradoras de pájaros.

En los años siguientes, tuve la ocasión de verles el pajarito a mis primos más pequeños cuando había que cambiarlos o llevarlos al baño. Igual que el de Miguelito, que fue el primero que tuve enfrente sin tomar conciencia de ello. De verlos me daban lástima. Cómo podían tener eso tan incómodo y tan fuera de lugar. Me parecía como un dedo al que no le hallaron acomodo en las manos. Era estúpido el pitito de mis primos para ser obra de Dios, me sonaba más a castigo que a otra cosa. Y pensé en la persona de Dios, ese semejante nuestro. ¿sería Dios-hombre por tener pajarito? ¿No sería más factible que fuera Dios-mujer, con una rajadita como la nuestra? ¿Sería un gato el Espíritu Santo, de ser Dios una mujer como yo?

Como dije, mis indagaciones eran menos teóricas que prácticas, y les revisaba el «pipí» a mis primos cuando podía, por meras razones cognitivas. La fiebre se me pasaba sólo con verlos, porque era cierto que me causaban angustia; y ya no quería seguirlos viendo. Pero pronto sentía la necesidad de inspeccionarles de nuevo.

El día que platiqué con Miguelito sobre el tema, éramos preadolescentes. Él también quería saber, aunque contaba con mucho mejor material que yo. Su papá era médico, y tenían muchos libros de dibujos anatómicos. Ahí empezó una corta época en que mi primo y yo conversamos mucho. Revisábamos los libros cuyas páginas él ya tenía memorizadas, y se ponía nervioso al hablar. Le sudaban las manos y las ocultaba de mi vista pasando de una ilustración a la otra. Quizá por ser tantos primos varones y una única mujer, yo estaba, de alguna manera habituada a verles sus pititos; pero él no y esa curiosidad lo atormentaba un poco. Cómo disfruté oírlo hablar de nuestras diferencias reproductivas. Incapaz de vencer su ansiedad y sus nervios, titubeaba como yo creía que sólo una mujer podía hacerlo. Ese ha de haber sido el clímax de mi cariño hacia él. La empatía y la identificación absoluta entre dos personas de sexo distinto, había transformado nuestra familiaridad biológica, en una añorable amistad de camaradas auténticos. El momento fue lindo y a mí me bastó para actuar con mi más espontánea y absoluta generosidad.

—Cierra los ojos, Miguel.

Me bajé mis calzoncitos de algodón, me subí la falda que llevaba; y recostándome en el reposet, lo invité a encontrarse con la realidad, de una vez por todas. Aterrorizado, corrió a ponerle cerrojo a la puerta. Luego vino hacia mí, se dejó caer sobre sus rodillas, y asombrado estuvo contemplando mi vulva durante varios minutos. Quiso tocarla y acercarse todavía más. Me hizo preguntas sobre mis sensaciones al sentarme, al caminar; y cosas así que no habría podido imaginar por mí misma. «¡Con qué poco puede hacérsele un buen regalo a alguien!», me dije, complacida.

Se escuchó un ruido afuera. Instintiva, metí mis calzones entre los rígidos cojines del reposet y me bajé la falda; mientras, de un salto mi primo se puso de pie. Nos quedamos inmóviles y en silencio. No se escuchaba movimiento afuera, no era nadie. Miguelito se veía distinto, mayor, aunque seguía pareciendo incapaz de tomar la iniciativa de algo. Fui yo quien rompió el silencio, y le pedí se bajara la ropa porque era mi turno de verle el pitito. Pero no quiso; porque no teníamos un trato, porque alguien podía venir y sorprendernos. Él no me había pedido que yo me le encuerara en frente. Fui yo la que entendí mal las cosas: no éramos colegas de nada. La curiosidad era inocente, había sido mi generosidad, quien había matado al gato. Se fue Miguelito el chillón muy digno, con su sexo intacto; mientras yo, abochornada, desenroscaba mis calzones y me los ponía, sintiéndome abusada por mi propia estupidez.

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