Las apariencias engañan

Día uno.
Las apariencias suelen engañar. Trabajo con audífonos puestos para que nadie me hable, para escucharles si quiero husmear, para evadirme si necesito dejar de pensar. Mientras diseño la fuente tipográfica que me han confiado para un cliente importante, reviso mis correos y me paseo por alguno que otro blog; y luego vuelvo a mi página de Ilustrador.

Mi lugar de trabajo más que ordenado, se ve inmaculado. Pero dentro de mí hay un desorden sin pies ni cabeza; como mi blusa blanca, que de tan limpia y planchada me hace sentir disfrazada, porque sólo estoy así de dientes para afuera.

Si apareciera retratado el lado B de mi fotito familiar junto a mi compu, me vería yo tan seria, tan sola, tan necesitada de contacto físico; porque en este mundo que he construido para mí no caben mis anhelos, aquí la piel no pude erizárseme si no es de frío, sin haber visto a un aparecido; aquí es inaceptable querer llorar sin un motivo, necesitar huir de todo sin una causa probable.

Y me encuentro tu primer correo, atrevido pero sobrio. No eres el adolescente que se presenta en el feis con una foto de su sexo, el pakistaní que exige imágenes de mi cuerpo, ni la chava de calendario que quiere mi número para hacer un grupo de chicas en whats. Eres directo, me propones hablar de sexo por correo, sin mensajeos instantáneos, así como se hacía antes, dices.

Ese ritmo semilento me atrae. Detesto la velocidad con que ocurre todo ahora. Me eduqué tomando libros de las mesitas de la casa de mi mamá, leyéndolos con calma sentada en los escalones, apropiándome de ellos. Ahí conocí la sensualidad. Los textos que dicen cosas, que revelan más en lo que no dicen.

Las palabras en la vida real son más vacías, igual que las imágenes en las películas. Lo que propones es estimulante en todos los sentidos. Ahora imagino cada palabra que escribiste: tú, queriendo acariciarme los pechos debajo de mi blusa. La imagen de inmediato se hace mía. No conozco tus manos, y ya deseo que me digas cómo son, para imaginar cómo podría sentirlas en mi piel. Suaves si eres oficinista, vigorosas si tocas algún instrumento musical, asperas si eres herrero.

Regreso a mi archivo de ilustrador e imagino, simultáneas, las distintas sensaciones sobre mi blusa; como si fueras tres hombres diferentes que se apretujan en el pequeño espacio de mi mesa de trabajo y me acosan de una manera que consiento.

Vuelvo a tu correo, porque la imagen que recreo de ti es difusa. Pero te imagino excitado, inquieto moviéndote en tu silla. Has escrito que me arrancas la blusa, que los botones salen rebotando y los escucho correr en la mesa, caer en el piso; y me detengo.

¿Tendría que temer por ella, por mi blusa? ¿Eres peligroso? La intimidad, para mí, siempre empieza desde el temor: ¿debo temer por mi ropa, por mi autoestima, por mí misma? No sé si te pase también a ti. A mí la violencia me espanta, me paraliza. Nunca me han golpeado. Cuando era chica tenía una amiga que la emocionaban las peleas en el colegio, la ponían. A mí me asustaban. Nunca pude imaginarme siendo chico, porque el efecto natural sería tener que hacerle frente a las peleas. Dicen que una desea tener un pene, yo no. Así me quedo, gracias; hay cosas más interesantes.

Creo que eso de la vez que hubo una pelea nunca lo he escrito en el blog, cuando Raquel mi amiga se quedó adrenalizada como un perrito, temblando de la excitación. Agitaba sus manos, bailoteaba ansiosa y me pedía que hiciéramos algo para bajárselo. ¿Algo como qué? Vamos a tu casa a ver porno, me dijo. Yo no tenía porno, ni tenía idea de donde conseguirlo. Para recrear escenas de sexo en mi casa había libros; libros de Henry Miller, de George Bataille, de Judith Krantz.

Le ofrecí lo que yo sabía hacer, masturbarla. Ella me miró incrédula, y me dijo que lo que sentía no recorría su sexo, que más bien era una especie de ansiedad en los labios que no podía quitarse. Me sentí estúpida, expuesta. Temí que al día siguiente sería la lesbiana del salón. Debí haber sentido temor por mi reputación, por mi autoestima y cuidarla. Pero no lo hice, mi sexto sentido a la hora de abrir la boca siempre me falla.

Por eso me pregunto si debo temer algo de ti. Llegar con tu mano a mis senos, aún imaginadamente no podría ocurrir sin tener cierta información tuya. Hay hombres que se quedan con la ropa interior de una, otros que arruinan una blusa o una falda; hay quienes se llevan todo y nos dejan con un vacío en el alma. Todavía no empezamos y tú ya me quitaste la atención en mi trabajo, la sequedad de entre mis piernas.

Escribo también, esperando arrebatarte al menos una sonrisa, un cambio en tu respiración. Me gustaría arrancarte una lágrima seminal y saberla humedeciendo tu pantalón enfrente de un cliente. O mejor, hacerte dar un vigoroso disparo de semen en tu escritorio, en el bullicio de tu oficina. Me gusta la idea de hacerte ocultarte de las secretarias, de tus camaradas del trabajo; que no sepan que te has corrido en la mano, que tu ADN haya quedado en el teclado de tu compu. Así como yo habré de irme a la cocina, a servirme café para tratar de pensar en otra cosa; así como habré de recordarte en la noche, cuando me dé cuanta de que me he quedado encendida, y terminar sola, contra un almohadón, contra mis dedos, contra el pesado sueño de mi marido.

Día dos.
Si ayer hubieras estado cerca de mí, y hubieras seguido con la palma de tu mano el dibujo de uno de mis senos, habrías sentido los troqueles bordados de mi blusa blanca, abierta en el último botón y ceñida en la parte del busto. Soy pequeña y delgada. Mi talla es 32B. No es que tenga el busto tan pequeño, pero la combinación de mi complexión, mi piel tan blanca y mis pezones rosados, me hacen parecer algo aniñada. Esa maldición me ha perseguido desde la secundaria, desde la época en que andaba en los pasillos con Raquel, la chica del salón que te conté que se excitaba con las peleas.

Por eso bajo un poco el escote, para ganar carácter. Eso y usar brassieres sencillos de algodón, como este blanco liso, que da menos soporte y permite que los senos tengan un comportamiento más natural: saltan si saltas, rebotan un poco y haces que todos se vuelvan a verte. Eso que una chica bien dotada detesta, para alguien como yo es de mucha utilidad.

No es que ande buscando que me miren las tetas, pero sí me hacen ver una mujer más terminada. Y me permiten palpar el mundo de primera mano; habría sentido el calor de tus dedos, los habría sentido recorriéndome, como habría sentido tu pecho si me hubieras abrazado al llegar y presentarte. Entonces, gracias a mi económico CK de algodón, habrías sentido la anatomía de mis pechos gratis. Tú me habrías excitado de inmediato, se me habrían hinchado los pezones y habrían crecido sin control.

En esos casos el sostén me habría servido para hacerte notar que me has subido la temperatura, que tendrías que estar ideando un plan para llevarme a un lugar seguro. En mi escote habrías notado mi piel enrojeciéndose, porque soy un camaleón emocional; y sabrías que has pulsado los botones correctos. Para entonces habría perdido el interés de todo mi derredor, tendría mi mirada puesta en ti, en tus gestos, en los movimientos de tu manos.

Me gusta mirar las manos de los hombres, dicen muchas más cosas que las de las mujeres —sus expresiones son menos estudiadas—. Me sentiría atraída por tus manos suaves, las sentiría contra mi blusa; estarías demasiado cerca para mirarte de cuerpo entero. Quizá tendría tentación de tocar tu pecho, de sentir tu cabello en mi mano, de observar tus ojos mirándome. Con la mirada correcta me acercaría a ti para darte la ruta hacia el interior de mi blusa. No tendrías que hacer mucho, meter la mano en ella, separar mi sostén de mi cuerpo y acunar tu mano.

No sería capaz de corresponderte, no te pondría la mano encima, no soy tan arrojada. Desearía que hubiera música, que la escaramuza de ayer no hubiera ocurrido en mi oficina, ni en la mañana; habría escogido algo nocturno, para que me sacaras a bailar y adivinar tus intenciones leyendo tu cuerpo: si te pegas mucho, si clavas tu nariz en mi cabello, si al oído me dices cosas, románticas o sucias. Y claro, buscaría calcular tu excitación al sentir tu cuerpo contra el mío.

Pero más allá de eso, pensaría en las consecuencias de todo aquello, y empezaría a buscar excusas para dejarme llevar y para huir de ti. Establecería un punto límite, un momento en el que tendría que decidir si nos quedamos en las caricias por debajo de la ropa, si dejamos que todo vaya más lejos; o si me echo para atrás y llego a casa temprano, y me le pego a Julio con la esperanza de excitarlo, de que su amante Dolores Ruvalcaba le haya dejado semen para mí en los testículos. Para entonces estaría llena de dudas, dudas de ti, de tu vida personal, de tu historial de seductor; estaría llena de dudas de mí, de si seré capaz de dejarte avanzar debajo de mi falda, de llegar a mis caderas, de meter tus manos en mis calzones, quitármelos y abrir mis piernas para ti.

Si tuviera toda la noche, preferiría tomar las cosas con calma, que te concentraras en acariciar mis senos en la base, siguiendo su redondez, sin prisas; que estimularas mis pezones sin apretarlos, dejándolos madurar en tus manos. No me importaría que el mesero sospechara que has estás tratando de meterme mano, y que empiezas a lograrlo; ni que siguiera la crónica de cómo poco a poco voy cediendo al coctel que pedí, a tus besos, a la intensidad de tus miradas.

Miraría tu barbilla, me daría tentación de acariciarla, sentir si te ha crecido la barba en lo que va de la noche. La imaginaría rozando mi vulva de manera involuntaria al darme sexo oral. Me daría risa pensar que estoy fantaseando demasiado lejos; y me preguntaría en qué estás pensando tú. ¿Me estarás imaginando desnuda? ¿Si he sentido tu pene contra mi cuerpo, si me ha impresionado? ¿Si accederé a que eyacules en mi boca? ¿Si responderé francamente cuando preguntes a qué sabe tu semen? ¿Te preguntarás si gritaré o seré silenciosa cuando reciba tus embestidas?

En realidad creo que si tuviera la noche entera, estaría temiendo; estaría excitada, caliente, como estuve todo el día de ayer y en la noche, como lo estoy ahora otra vez. Tal vez iría al baño para darme un pequeño adelanto con mis dedos. Y aunque de seguro no sabría detener mis impulsos, ni trataría de frenar los tuyos, estaría temblando por dentro. Como la vez que te dije de Raquel, mi amiga, cuando se había quedado encendida por ver aquella pelea, cuando me dejé llevar al parque, sintiéndome vulgar y pecaminosa, sabiendo que me había expuesto de más al ofrecerle apagarle el ardor con mis manos.

Pero ya no podía remediarlo, no había nada que pudiera decirle para hacerla creer que había malentendido mis palabras; como estarías ahora tú, con la certeza de que terminarás llevándome a la cama. Y conforme nos internábamos en el parque la veía, con su cabello negro, largo y lacio echado a un lado, con su delgadez de siempre, con su fragilidad; con la intesidad de su mirada, con el fuego encendido que la consumía por dentro, con la adrenalina a tope que parecía querer contagiárseme.

A la mitad del caminito de arbustos, me detuvo en seco. Se paró frente a mí, me quitó un mechón de cabellos que me caían en la cara y me besó en la boca. Prácticamente pegó su cara contra la mía obstruyendo mi respiración. Abrió mis labios con su lengua y la metió sin avisar. Sin mucha consciencia la paseó de un lado a otro hasta que tuve necesidad de aire y la aparté. Me miró extrañada, tomé aire y ahora la besé yo.

Recuerdo el sabor de su beso, el color de sus ojos e imagino los tuyos, mirándome mientras abres mis piernas en el asiento de atrás de tu coche e introduces tu pene; y me miras de nuevo al tiempo que lo metes hasta al fondo, y lo sacas un poco y lo vuelves a hundir en mi cuerpo sin decir nada, igual que Raquel.

Y vienes y vas, como remando con mis piernas, como navegando a contracorriente entre las paredes de mi vagina; con dificultad, con jadeos, resuelto a terminar el viaje. Represento en mi cabeza la marea con que me coges, esa corriente intensa que te lleva y te trae; la misma tempestad que orilló a Raquel a subirme la falda del uniforme, a follarme con dos dedos hasta lastimarme en el jardin de ese parque, la misma que ahora me ha hecho tomar un lápiz de mi mesa de trabajo, meterlo debajo de mi vestido —este que ahora traigo puesto para hacer que me imagines bonita—, y frotarme contra mis bragas de algodón hasta correrme, hasta exhalar con fuerza y llamar la atención del H. Departamento de Diseño completito.

Me quito los audífonos, guardo los cambios en Ilustrador, pauso la lista de videos de Mon Laferte que corren en youtube sin volumen, y suspiro. He respondido tu primer correo sexual y he salido viva. No me siento curada; he de estar más perdida que ayer, pero ya no me siento rota. Devuelvo mi lápiz de las emergencias a la taza roja que uso como lapicero. Descruzo mis piernas, me froto las pantorrillas para calmar mi piel chinita. Los demás han vuelto a lo suyo. Me levanto y camino al ventanal a imaginar en qué parte de la ciudad podrías estar ahora, eyaculando por mi culpa, porque he accedido a ser tu amante electrónica.

Las apariencias engañan. Este día soleado, debajo de esta mujer inexpresiva y fría, vive una chica eufórica. ¡YEEI!

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