Mi cigarro color fucsia

En las últimas semanas se ha vuelto imposible escribir en mi blog. Este es un nuevo intento, y no sé cómo vaya a salir. De un día para otro me sentí traicionada por el mundo, enojada con las personas de mi derredor; creo que más bien estoy furiosa conmigo misma.

Ese día, a media mañana, una chica de contabilidad me pidió un cigarro para salir a fumar a la terraza.

Estábamos ordenando la oficina porque era cumpleaños de Judi, una recepcionista a quien todos queremos mucho; y a mí me tocó subirme a una silla para pegar los globos en la pared. Yo era la única que traía falda, y aun así me subí a la silla de rueditas. Soy la más liviana, es cierto, pero no la única; sin problemas podría haberse subido alguien más.

Estaba con una mano llena de pedacitos de cinta para pegar, y en la otra los globos que me iban pasando. Desde arriba le dije a la contadora que tomara la cajetilla de Camel de mi bolsa, así nomás. Me dio las gracias y se fue. No sé por qué no pensé que podría ser peligroso abrirle mi intimidad a una extraña, aunque no era una extraña.

Pegamos los globos, el letrero de «Feliz Cumpleaños», trajeron el pastel que mandamos comprar. Empezaron a llegar los choferes de la empresa, los de logística, los que faltaban de diseño; se apareció el jefe. Y las que estábamos a cargo del festejo les pedimos que se fueran a ocultar a la terraza para soprender a Judi, quien llegaría en cualquier momento.

Escuchamos los taconazos de Judi en el pasillo y corrimos a la terraza también. Pero afuera había otra fiesta.

Un compañero del departamento de diseño, compañero mío durante seis años, amigo mío, sostenía entre sus dedos mi Fucsia, un vibrador color rosa mexicano que traía yo en mi bolsa, y que seguramente habría tomado la contadora para bromear a costa mía. El cabrón del diseñador me miró e hizo como si fuera un habano, como si tomara una bocanada de él e hiciera donitas en el aire.

El conjunto de hombres exclamaron y gritaron que los del departamento de diseño éramos mejores para fumar dildos que los de contabilidad. Entonces empezaron a bromear que me lo dieran a mí, que yo sabría darles cátedra; corearon mi nombre hasta hacerme sudar. Yo no atinaba qué hacer, me quedé paralizada en medio de la terraza.

Entre toda la gente, hallé la mirada de la contadora. Yo esperaba de ella una explicación, que me dijera que el Fucsia se le salió por descuido, que se cayó; no sé, algo. Pero ella se limitó a sonreír.

Cuando el jefe finalmente entendió lo que sucedía, exigió silencio y respeto. Para entonces Judi ya me había tomado del brazo para sacarme de ahí. Me llevó a los baños de visitantes, los que están entre pisos por la escalera de servicio. Le pidió un cigarro a una chica, lo prendió y nos lo fumamos por turnos.

Yo no podía parar de llorar, me sentía avergonzada, exhibida. No podía regresar a la oficina, no sería capaz de sostenerle la mirada a nadie; como tampoco pude sentarme a escribir aquí. Aún me miro en el espejo negro de la pantalla, y veo eso que vieron en mí el día del cumpleaños de Judi.

Judi estaba segura que el pedirme el cigarro y hallarse mi consolador no fue cosa casual. La contadora ya había hurgado antes en mi bolsa buscando cigarros; y mi Fucsia y yo, ya éramos la comidilla de la oficina desde hacía varios días.

En la semana que siguió recibí más proposiciones sexuales que las que me han hecho en toda mi vida. Desde bromas de personas con quienes nunca había cruzado palabra; propuestas directas de compañeros con quienes creí tener amistad; hasta caballeros que desde siempre habían tenido un trato intachable conmigo. De repente cualquiera podía hablarme de mi trasero o de mi busto, como si fuera lo más casual del mundo.

Por esos días detonó el movimiento de #MeTooMx y no pude dejar de preguntarme si en cada propuesta que recibía cabría un caso de acoso… si no; o si yo misma me había puesto en la sien la pistola, y disparado. No lo supe, todavía no lo sé.

Lo único cierto es: a) la calidad humana de mi jefe es a toda prueba —él y Judi—; b) que la pobre inocente se quedó sin festejo por protegerme; c) la violencia que puede una sufrir a manos de otra chica, es mortal; y d) que no tengo un domicilio en donde recibir el remplazo de mi Fucsia —la oficina ha dejado de ser una opción—.

Supongo que ya estoy menos triste, ya pude escribir un post.

4 comentarios sobre “Mi cigarro color fucsia

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