Sus bragas de encaje lilas y sus 7 centímetros de pene

Lo vi cuando extendió su mano para saludar a alguien de la multitud que éramos en el museo. El suéter se le recorrió y pude notar sus brazos blancos y delgados. No correspondían a su condición de hombre, tal vez fue eso lo que llamó mi atención. Abría muy poco la boca al hablar, era tímido y parecía quererse ocultar en sí mismo, echando los hombros hacia adelante, escondiendo su pecho liso, parejo y uniforme en el grueso suéter que llevaba, y que sin darme cuenta empezó a emocionarme.

No imaginé una escena en sí. No sé por qué, si siempre recreo imágenes en mi cabeza. Era más bien la sensación, la calidez que tendría que hallar debajo del suéter, su piel fina y blanca; que más que verla, necesitaba sentirla, en mi mano, rozándome.

Me miró repentinamente con una asombrosa feminidad. Me quedé inmóvil, con alguna sensación de culpa, porque creí por un momento que era una chica de doce o trece años, con muy poco o sin busto. Pero él, consiguió ruborizarme; parecía estar leyendo mi mente, apropiándose de la sensación que imaginaba en mi mano si sólo pudiera meterla en su suéter y averiguar su sexo.

Sin querer bajé la vista a la bragueta de su pantalón, que no era de hombre. Cómo no iba a notarlo si tenía el tiro pequeñito para que apenas cayera en la cadera. Mas constaté lo inocultable y él se dio la vuelta, evitándome. Caminó hacia el otro extremo del salón y yo lo agradecí sinceramente, porque necesitaba reponerme de la alteración.

Había sido como estar en un trance hipnótico, y quizá no había salido del todo porque me descubrí respirando profundamente, buscando su olor en el aire. Quería por lo menos quedarme con eso, pero había tanta gente que era difícil caminar en cualquier dirección.

Me saltaba el pecho de las ganas de querer comprobar si olía tal como yo imaginaba. Algo en mi interior me pedía sentir su espalda pequeña y estrecha debajo de la ropa; no arrancársela, liberar nada más un poco de su humor.

La violencia de mi pasión era la necesidad de olerlo, sentirlo, absorberlo y apropiarme de él por lo menos en mi nariz. Quería llevarme el olor de su nuca a mi cama, sacarlo de debajo de su cabello claro y delgado, sedoso y cuidado; mentiroso, femenino, lésbico. Volví a pensarlo mujer, intrigante, prohibida. Y de todos modos lo quise tener cerca otra vez.

Caminé al fondo del salón con prisa, sin cuidar mis pasos, ni haciendo caso de la rígida formalidad de la ocasión. Él llevaba suéter y contrastaba con la vestimenta de todos, igual que yo, que iba con mi vestimenta típica de la universidad. Quizá por eso había llamado mi atención. Aunque era más fuerte, no podía sacarlo de mi pensamiento, pero tampoco quería; quién sabe que querría yo en realidad.

Lo hallé de frente, mirando seguramente mi desparpajada manera de caminar, tanteando mi cuerpo. Era tan evidente que lo estaba buscando, que ya no me importó acercármele, sonreír y presentarme. Me dijo su nombre: Luis Eduardo. Era un niño rico, de esos de alcurnia de la Ciudad de México, que había ido a la exposición para acompañar a su mamá, porque necesitaba socializar. Él se reía de ella, pero eran igualitos, coqueteaba conmigo con falso recato. Me habría tirado un pañuelo encima del hombro si lo hubiera traído.

Perdí un poco el interés. Su parpadeo excesivo y la remojada de labios con la lengua empezaron a parecerme grotescos. Al escribirlo, suena muy tonto pero no lo es, o no se siente así. Yo no quería acostarme con él, no pensé en eso cuando lo vi llegar. Por ello, su gesto excesivo, sexual, me resultó tan irritante.

Eso pasa… si el muchacho te sabe llevar, termina con tus panties en la bolsa; pero una no lo busca, al menos no todo el tiempo. Te toma por sorpresa: te coge. Por eso se dice que te han cogido; y los machos lo celebran y lo platican, porque te han pillado siendo una puta.

En la normalidad, se es puta muy pocas veces en la vida, y te dura un instante: justo donde te cogen. Ocurre tan rápido… como cuando de pronto cambias de opinión y decides que nada va a suceder en esa ocasión, aunque el chico ya esté hecho a la idea. Es rápido, pero necesario; y la noche termina de súbito a la hora que sea. Inconsciente te buscas la bolsa que no dejaste de traer colgada, y de inmediato te orientas con la mirada para hallar la salida, lista para dejar al tipo enojado y con ese supuesto dolor en los huevos, que de seguro es un mito para abrirnos de piernas a través de la culpa.

Aunque yo no podía irme, necesitaba llevarme algo de él. Cómo iba a pasar otra noche pegándome al colchón de la pensión, para darme algo que tanta falta me hacía. Por qué siempre acabar cobijándome con la dignidad, tan impotente y fría.

Con la excitación o la soledad como impulso, devolví mi vista hacia él, que ahora observaba a una muchacha muy bonita con las piernas larguísimas. Arqueó un poco la espalda enderezándose, y me di cuenta que intentaba emularla. No supe qué sentí, a veces me dan celos sin razón de gente que ni conozco, pero era distinto.

Creo que entonces me conecté con él, lo imaginé llevando la falda de la muchacha, igual, a la cadera y caída del lado derecho, con la piel chinita del frío porque afuera estaba lloviendo; y su pene, pequeño, como parecía ser, bailando un poco porque tendría que ir caminando como ella, modelando en el pasillo del museo.

El deseo volvió con más fuerza. No podía imaginarlo metido en un boxer, no era como los otros chicos. Su virilidad me atraía por ausente. Había querido meter mi mano en su suéter desde el principio, me urgía hallarme un corpiño bonito y discreto, unos pezoncillos de hombre ocultos bajo esa lana riquísima, que apartaba su masculinidad de la mujer que yo tenía enfrente de mí; esa que vivía atrapada en un cuerpo de hombre.

«El instante efímero» se prolongaba, y él, plantado en su bellísima androginitud no hacía nada por pillarme a mí: por cogerme. No pude más. Tendría que cogérmelo, yo. Lo tomé de la mano y me lo llevé arrastrando hacia el baño de mujeres. Él se dejó guiar, volvió a remojarse los labios, pero ya no podía irritarme. Parecía dispuesto a dejarse llevar a la cama, pero no a llevarme él. Lo excitaba no tener la iniciativa, y a mí ese jueguito de roles, a esas alturas, no podía influir en la humedad de mi entrepierna, que ya no tenía remedio.

Le puse seguro a la puerta del baño.

Me coloqué detrás de él, metí mis manos en el suéter y hundí mi naríz en su nuca. Olía delicioso. No era un olor sexual, no era testosterona ni feromonas; era él, su champú y su mundo traído del Palacio de Hierro con American Express dorada. Estaba a punto de follarme a la princesa de Mónaco de Las Lomas en un evento exclusivo de la CDMX; y si bien, todo era de una sensorialidad mágica, hacía un par de minutos que nada estaba ocurriendo, él no me había ni rozado con un dedo.

Caí en cuenta que debía tomar la iniciativa, que sin una tomboy una cogida entre chicas termina en piyamada. Seguí recorriéndolo debajo del suéter, al tacto. Sobre la tela de su camiseta reconocí el emblema de Gucci. Metí mis manos en ella y él gimió un poco, con voz de chica. Lo miré en el espejo, que había quedado enfrente y noté su erección debajo del pantalón. Era discreta, tenue como su voz; y quise llegar a él. Arrastré mis manos torso abajo y sentí a Luis Eduardo teniendo un ligero estremecimiento. Desabotoné su pantalón, abrí la bragueta; y antes de ir más allá, tomó mis manos evitándolo.

Di un paso para quedar frente a él y lo besé en los labios. Me tomó con sus dos manos y me recorrió la cara con besitos pequeños. Aproveché y medio saqué su pene de unos calzoncitos de encaje, que al tacto prometían ser bellísimos; Aunque al ser de chica no tenían hendidura y debí bajárselos un poco para liberarlo. El dejó de besarme y me advirtió que su miembro era muy pequeño. Lo besé con toda la ternura que me inspiró en ese momento y tomé su miembro entre mis dedos para verlo. Era de veras chiquito, jamás había visto uno así. Y no era molesto, por el contrario; era lindo e inofensivo, como el de un niño. Lo tenía inclinado hacia la derecha, minúsculo y raro, pero seguía siendo una polla reglamentaria, tiesa y humedecida por el momento.

Me hinqué frente a él, lo metí en mi boca y me lo fui paseando con la lengua, mientras él jadeaba y me sostenía la cabeza con sus manos sobre mis orejas, puestas como audífonos. Era muy delicado, no empujaba su miembro al fondo de mi garganta. Por el contrario, sus manos sobre mí eran un gesto amable, delicado.

Como su pene era tan pequeño, mi nariz rozaba contra su vello púbico como si estuviera comiéndome la vulva de Lulú; y estaba tan cuidadosamente recortado que me hizo acordarme de Lulú burlándose de mi obsesiva peluquería púbica. Mas sensorialmente iba más allá, porque el humor delicioso de la nuca de Luis Eduardo era el mismo aroma de su vientre. ¿Cómo olería su semen, a qué sabría?

La duda me hizo sacarme el pene de la boca, y masturbarlo con mis dedos, ayudándome a masajearle el glande con mi lengua. Para entonces ya sabía que él no me acariciaría las nalgas, ni me aplastaría las tetas con su cara. No sería el amante salvaje que iba a arrancarme la ropa, hacerme montarlo y dejarme con las piernas escurriendo hilitos de esperma toda la tarde. Yo no obtendría recompensa en mi cuerpo, ninguna. Sólo el placer de haberle metido mano hasta saciarme; y me urgía hacerlo eyacular para probar su sabor, para llevarme su olor en la mano y poder recrearlo en mi mente, de cuerpo completo, en mi pensión de estudiante.

De repente alguien tocó a la puerta del baño. Era su madre. Lo llamaba por su nombre completo. Me asusté, se me salió el pene de la boca que quedó contra mi barbilla. Le pregunté qué íbamos a hacer. Luis Eduardo, sin mediar palabra tomó la iniciativa por primera vez, volvió a meter su pene en mi boca y me hizo estimularlo con la lengua como si la vida nos fuera en hacerlo terminar. Acarició mi cuello y mi cabello, jaló la liga y lo soltó. Bajó sus manos a mis senos, las metió dentro del sostén y empezó a oprimirlos con sus dedos cortitos. Lo miré, tenía los ojos cerrados, hablaba en voz baja, con la boca apenas abierta.

Su madre insistía en la puerta y él parecía excitarse más. No es que la verga le creciera, pero jadeaba y me acariciaba. En medio de esa situación me mostró una manera de comunicarse sin hablar, de hacerme sentir mucho cariño; y yo quería corresponderlo. Acaricié con mis manos la parte interior de sus piernas delgadas, subiéndolas hasta llegar su sexo –como volvía loca a Lulú mientras lavaba la loza–. El olor de Luis Eduardo me mantenía en un trance de ir y venir con recuerdos mezclados de olores, de toqueteos, de orgasmos en forma, con Gabriel, con Lulú, conmigo sola.

La repetitiva tarea de darle a un hombre una mamada como Dios manda, esa tarde, fue mucho más que evitar morir asfixiada con un falo.

Luis Eduardo eyaculó en mi boca, y antes de pensar en tragar o escupir, se hincó frente a mí; me ofreció un beso, y de mi lengua tomó con la suya hasta la última gota de su esperma. Lo paladeó por un instante y dio el trago.

Se levantó, envaninó su verguita pegajosa en las bragas de encaje color lila más hermosas que haya visto, y terminó de vestirse. Abrió la puerta y enseguida entró su madre, quien me clavó su mirada inquisitiva y reprobatoria, como si fuera la embajadora de la más pura y casta sociedad. No fui capaz de salir del baño y enfrentarme al linchamiento de una multitud de etiqueta. Me quedé parada frente al lavabo, mirándome al espejo. Necesitaba terminar por mis propios medios, pero no iba a hacerlo allí.

Cuando estuve segura de que todos se habían ido, me fui a casa caminando sin prisa, con pasitos cortos y apretados para hacer rozar mis piernas; gozando el placercillo ramplón que podía darme la opresión del pantalón contra mi vulva aún hinchada, que por momentos me hacía ponerme de puntitas. Mis dedos no habían guardado ningún olor del semen de Luis Eduardo. El humor delicioso de su nuca y de su pubis se había esfumado, se había ido con él.

Antes de llegar a la pensión me detuve en una Farmacia Guadalajara –que me hacía sentir en casa— a comprar calabacitas tiernas. La verdad es que tenía suerte. De ser hombre, aquella tarde habría quedado muerta en el baño del museo, víctima de un dolor de huevos.

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