El olor del semen de Gabriel

Al principio no tenía interés en él, era mi amiga, mi cómplice, la que sabía todos mis secretos de amor. Y compartíamos el mismo crush (Julio Navarro) en nuestra imaginación; porque éramos tan cobardes que a Gabriel le sudaban las manos al saludarlo, y yo me quedé paralizada como idiota la única vez que se acercó y me invitó a salir.

Un día mi mamá me compró unas pantimedias ahumadas con dibujitos en las corvas, para convencerme de ir a los quince años de la hija de su mejor amiga. Estaban hermosas. Gabriel y yo las veíamos, las estirábamos con nuestros dedos extendidos; y después de negarme a probármelas —qué flojera—, me pidió probárselas él.

Me daba miedo que las fuera a rasgar, era más grande que yo, estaba empezando a embarnecer; y no sabría cómo ponérselas sin romperlas. Pero no le pude decir que no. Él sabía que pronto dejaría de caber en mi ropa, y temía que pronto perdería su única posibilidad de sentirse mujer sin ser juzgado. Mi casa era su refugio.

Se metió al baño con ellas y con el vestido. Cuando salió se veía más feliz que una novia. Se levantó el vestido para mostrarme sus piernas hermosas que llenaban las pantimedias perfectamente. No se veían angulosas ni se le marcaban los músculos. Yo creo que tenía más grasa en las piernas que cualquiera de las chicas del colegio. Era más femenino que yo, eso era claro; pero se veía perfecto(a). Gabriel no dejaba de acariciar la tela con sus dedos y entonces, sobre el vestido, noté un bulto, tenía una erección: mi primera erección. Además de en las películas, nunca había visto un pene parado, nunca. Así que le levanté el vestido y lo ví, como un pez enorme atrapado en la red de las medias. No era bonito, estaba feo, pero era gigantesco, hipnótico.

Gabriel me aventó y me dijo que era una puerca. Nos quedamos viendo y soltamos la carcajada. Entonces le pedí que cerrara los ojos e imaginara que yo era Julio Navarro, que imaginara un baile, una canción lejana; y la mano de Julio acariciándole el pene debajo de la ropa. No quiso hasta que lo chantajée emocionalmente: tenía puesto mi vestido, mis medias, tenía la fantasía casi completa. Sólo le faltaba que alguien se lo cogiera; y quién sabe cuántos años faltarían para que yo tuviera una verga de verdad en mis manos, para mi sola.

No le quedó de otra. Se bajó las enaguas, se alisó el vestido tratando de ocultar su pene, pero se acercó a mí. Yo le metí la mano, y lo toqué y lo sobé de todas las formas en que me fue posible. Le bajé las pantimedias hasta los muslos, y sentí sus testículos tibios en mis manos. Los acaricié, me los metí en la boca.

Gabriel puso sus manos en mi cabeza y entonces tomé su pene e hice el primer sexo oral de mi vida. No sabía exactamente qué hacer, pero era emocionante y el sabor, de algún modo delicioso. Así quedó registrado en mi memoria. El olor del semen de Gabriel podría identificarlo, años después, en cualquier parte del mundo. Si me pusieran en un kleenex el suyo, el de mi marido y el tuyo, lo distinguiría de inmediato.

Quizá por instinto, me pareció natural seguirlo masturbando con una mano, mientras me sacaba el pantalón con otra. Pero Gabriel me paró en seco. «¿Qué haces, chiquita?». «No inventes Gabriel, me estoy quemando toda por dentro, estoy temblando de las ganas». Y no me dejó seguir. No quiso, no hubo manera de forzarlo. «Qué puto eres, Gabriel, de veras».

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